El último tren a Bombay

Landscapes 4 (19)

El último tren a Bombay
Por: Darío Valle Risoto

Muchos años después cuando ya había dejado de ser aquel niño que maravillado veía pasar el tren por entre los campos de Greenville, llegué a la conclusión de que ese pesado y gigantesco montón de hierros y maderas me completaba el paisaje y tuvieron que pasar más de cuarenta años para que una situación muy parecida en los agrestes campos del norte de la India me hicieran recordar aquella enorme máquina que recorría el pasado de mi vida.

Catherine me observó perder una lágrima que desde mi ojo derecho apenas llegó a confundirse con mi barba ya de plata y me acarició la mano con ternura, esa era siempre su forma de acercarse a mi alma con su maravillosa y joven magia de mujer.

Le conté nuevamente que me criaron mis tíos, ella ya lo había escuchado innumerables veces pero siempre era respetuosa de mis nostalgias y nunca me interrumpía para decirme algo como: __Ya me lo habías contado. Simplemente me miraba con esos enormes ojos celestes y sus pecas y sus delgadas facciones Irlandesas y escuchaba con legítimo interés. Se que sabía que alguna nueva anécdota cooperaba para involucrarla en la larga aventura de mi vida.

__Sé que ya te lo he contado pero viendo ese tren que viaja atestado de personas rumbo a Bombay me puse a pensar en aquel vapor transcontinental que pasaba por nueva Inglaterra con rumbo al Canadá, no puedo dejar este pensamiento de que quizás era el objeto necesario para darle a aquel paisaje agreste la vida que nunca tenía del todo aquella conjunción de piedras grises y pastizales cenicientos.
__ ¿Alguna vez lo abordaste?
__ Nunca. __Le dije mientras me secaba los ojos, algo me había hecho lagrimear y prefería pensar que era alguna cosa vegetal que volaba por el aire de ese pesado verano en las colonias.

Le conté que cierta vez se había averiado y bajaron a estirar las piernas algunos pasajeros en medio de aquellos lejanos e insondables parajes, algunas mujeres sacaban sándwiches de sus bolsos y los hombres encendían sus cigarros y conversaban achicando los ojos por el humo. yo fui el único ser vivo que se acercó al grupo, recuerdo que me miraron con perplejidad y ahora que lo pienso con otra perspectiva me imagino que pudo haber sido muy extraño encontrarse con un niño de nueve o tal vez diez años como salido de la nada.

Aquella fue la primera vez y ahora lo recuerdo y sonrío Catherine, en que sentí lo que algunos denominan amor. Una niña pelirroja sacó una manzana verde de su delantal y me la obsequió. Yo la acepté y a cambio le regalé mi preciado collar con una nuez verde de Arabia.
__ ¿Vives por aquí? __Me había preguntado con un extraño acento afrancesado.
__ Allá detrás de aquellas colinas en Marble Hall, es un pequeño pueblo, un pueblo feo.
__ ¿Cómo te llamas? __Me preguntó enrojeciendo y mirando a sus zapatos de charol.
__ Howard Phillip, me crían mis tíos el vicario Tholeman y se esposa Sarah, ambos me odian pero no pueden dejar de criarme porque se lo prometieron a dios.
La niña me había mirado entrecerrando los ojos como si intentara comprender toda la tristeza que tenía aquella frase en medio de la nada mientras que el tren comenzaba a bufar y a moverse en señal de que ya lo habían reparado.
__ ¡Despídete del niño Mary, ya nos vamos! __Le gritó una señora que subía al último vagón, ella me dio un beso en la mejilla izquierda que fue como un verdadero rayo sin tormenta.

Volví a la realidad y Catherine reía mientras me acariciaba la barba, le gustaba acariciarme la barba cuando tenía ganas de que la bese, cosa que hice y luego nos sentamos junto a un río donde unos niños bañaban unos búfalos y gritaban en dialectos desconocidos.
Indudablemente aquel tren me completaba el paisaje.

FIN