Neo Vampiros 29: Pasados convergentes

El arte de Toon Hertz (25)

Neo vampiros 29
“Pasados convergentes”
Por: Darío Valle Risoto

Paula se quiso quedar pero Lorena la instó a que se vaya a su casa. Estaba cansada, por primera vez sentía más temor que odio pensando en el posible enfrentamiento con uno de esos esbirros del infierno.
__ “Juan Ramón Lecuore”. __Pronunció en voz alta y despertó a su viejo amigo el eco en el gran salón de la casa del Prado. Buscó el disco de The Cure pero lo tenía Paula, eligió “The dark side of the Moon” de Pink Floyd y puso: La Carrera y se colocó los auriculares para oír mejor el extraño juego de sintetizadores en la prehistoria del tecno.
El rostro del torturtador giraba en círculos escapándole a la música que trataba de clavarle como aguijones de pesadilla por la espalda.
Se fue aletargando.

Alguien a entró silenciosamente, era una mujer alta de rostro nórdico, de fuertes mandíbulas y unos imponentes ojos azules, su cabellera rubia era abundante y natural desde hacía más de quinientos años.
Tenía botas altas de cuero como las que solía llevar muchos años atrás en los campos de Riga o en los hornos de Auschwitz.
Felicia Morrigan Westenra miró a la apacible chica que cargaba algo muy duro en sus recuerdos, ella misma sentía nostalgia por aquellos tiempos europeos cuando los únicos aliados vivos que pudo tener de confianza perdieron la guerra. Morrigan había sido oficial de las “SS”, una de las pocas mujeres con la absoluta confianza del alto mando nazi.

Lorena abrió los ojos, el débil fulgor de la mañana comenzaba a filtrarse por los imperceptibles costados de los cortinados negros, sintió una extraña modorra y cuando se fue en dirección al sótano comprendió que alguien aparte de Paula había estado allí.
Era el perfume o sus sentidos acelerados, era un calor sutil en el aire o las feromonas de una depredadora pronta a atacar, no lo sabía aún pero un sentimiento de extrema soledad la invadió y sintió ganas de escuchar a Paula aunque sea hablando pavadas.

Sobre su ataúd había un clavel blanco, ninguna nota, solo una flor aún vital, como ella, como ellas. Miró al techo abovedado, al recinto casi vacío sin ventanas y lanzó un alarido animal tan poderoso que los perros de varias cuadras a la redonda comenzaron a llorar y no pararon hasta que el sol se levantó potente disipando la lluvia nocturna.
En la profundidad de un tubular del cementerio del Norte, Felicia Morrigan se encontraba descansando, se había acostado una media hora antes del amanecer, amanecer que la había hecho huir de la casa de su presunta víctima, de todas maneras no la hubiera matado en ese momento, quería saborear la venganza sobre Henrich acabando con su única hija vampírica. La intrigaba el móvil de su decisión aunque por lo que sabía de Lorena podía estimar que su enemigo se había sentido reflejado en ella.

Hubiera preferido llegar a su casa en Solymar pero la mañana la había obligado a utilizar uno de sus refugios alternativos, sabía que Henrich años antes había vivido en ese enorme cementerio rodeado de casas humildes y cuarteles al norte de esa ciudad tan extraña.

Juan Ramón Lecuore llegó a su apartamento del Cordón, se quitó la corbata, el saco y se fue a dar una ducha, su mujer trabajaba de noche en el hospital militar y no llegaría hasta la media mañana, suficiente tiempo para tratar de quitarse la borrachera y no tener lío.
Abrió la heladera y exprimió un limón entero dentro de un enorme vaso de coca cola, sonrió al recordar la guita que harían con los trabajos para esa extranjera, sin embargo había algo en ella que ni en sus mejores años de duro trabajo en el plan Cóndor había visto.

Su amigo, el teniente Lemos se había ido más empedo que él, sonrió al pensar que tendría terrible lío con la Elma, una mujer fiera como pocas. De pronto se estremeció, su esposa llegaba del trabajo antes de lo previsto. Se arregló el pelo e intentó parecer normal y distendido.
Marta entró, tiró la cartera sobre el sofá, lo saludó entre dientes y se metió al baño, se veía pálida y cansada, trabajar en la sección de enfermos terminales del hospital no era bueno para nadie, Juan lo sabía bien. Volvió a la cocina y calentó agua para unos mates, ella lo miró al salir del baño, con esa mirada grís que suelen darse los matrimonios que hace años ya no se sienten nada.
__Una compañera del hospital me dijo que vos fuiste torturador durante la dictadura.

Juicio y castigo
Jueves, 1 de enero de 2009

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