Neo Vampiros 28: El pozo

El arte de Toon Hertz (24)

Neo vampiros 28
“El Pozo”
Por: Darío Valle Risoto

Salieron del mercado casi a la madrugada, a Paula le hubiera gustado ver el amanecer desde la rambla, pero sabía que era imposible contar con la compañía de su amiga. Los demás se habían ido en sus propios vehículos, el Nissan Rojo estaba donde lo habían dejado, Paula le dio cinco pesos a un pibe negro que se lo había cuidado. Lorena no pudo sacarle la vista de encima cuando vio que se iba a sentar junto a otro más pequeño y ambos tomaban agua de una pequeña botella de plástico.
Volvió atrás y se agachó cerca de ellos, la imagen de la frágil Lorena totalmente vestida de negro era estremecedora, frente a los dos chicos que estaban sentados sobre unos cartones.
__ ¿Cómo te llamás?
__ Maikel, el es mi hermano Yonatan.
Sacó algo de un bolsillo interior de su saco de cuero y se lo dio. Paula apenas veía la escena desde el auto estacionado a unos tres metros.
__ ¡Cuídense chiquilines! __Les dijo antes de subir al auto.

Desde la azotea de un edificio bajo de la calle San José, Morrigan observaba la escena, también vestía de negro pero con un largo saco que ondeaba al viento nocturno como las alas de un enorme vampiro. Vaya coincidencia.
__Es ella, tenían razón caballeros, gracias, les seré generosa. __Dijo a su celular con un español con fuerte acento alemán.

Juan Lecuore que aún permanecía sentado en la barra junto a su amigo, también atontado por el alcohol, pensó que la extranjera realmente les iba a agradecer. No imaginaba de qué forma. La saludó y guardó su móvil antes de pedir la cuenta.

El Nissan rojo arrancó no bien Lorena subió, apenas tuvo tiempo de cerrar la puerta antes de comerse un árbol.
__ ¡Estás loca!, ¿Cuál es el apuro?
__Está por amanecer, además, me asusté cuando te vi con los gurises.
__ ¿Gurises?, hacía tiempo que no escuchaba esa palabra, ¿ustedes no dicen: chicos?, además falta casi una hora para que salga el sol, no te preocupes.

Paula tomó por Fernández Crespo rumbo a Agraciada en dirección a la casa de su amiga, se había sentido nerviosa toda la noche, como si hubieran sido observadas y no por esos dos milicos que Lorena había reconocido.
__ Pensé que ibas a…
__ Hasta ahora los únicos que he matado han sido los perros de la dictadura, nunca atacaré a un niño, lo deberías saber.
Paula no contestó, la noche se oscureció aún más y comenzó a caer una fina pero persistente lluvia de gotas frías, ambas cerraron las ventanillas.
__ Les di un chocolatín.
__ ¿Qué?
__ Que les di un chocolate a tus “gurises”.

Lorena recordó “El Pozo”. Una de las últimas cartas de su padre había llegado a su abuela por medio de otra familia que iba de cuartel en cuartel buscando a sus propios fantasmas, en la carta minúscula casi invisibles letritas de mosca contaban que el pozo era hondo, había frío extremo y no se podían estirar las piernas, el único recreo era el sol, un sol difuso por algunos minutos al mediodía.

¿Por qué terminó así un obrero de la construcción, comunista y que tocaba la guitarra en los comités?
¿Por qué algo le oprime el pecho cuando hace varios años que dejó de respirar?
¿Por qué los chiquilines en la calle?
¿Por qué la pobreza?

Juicio y castigo