El último hombre honesto

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El último hombre honesto
Por: Darío Valle Risoto

Creo que fue en el invierno de 1974 cuando mi padre lo vio por última vez, me dijo que frecuentaba aquel café que se encontraba en la esquina de Munar y Ocho de Octubre, ahora ya no existe ese Bar donde los parroquianos se conocían todos y se saludaban como amigos o se convidaban como hermanos, tampoco existe aquel hombre al que me quiero referir.

Mi padre pudo haber sido también uno de la misma raza que aquel caballero de mirada despierta y rostro apacible más no exento de esas arrugas que marcan los trajines del alma. Pero mi padre murió en mil novecientos ochenta y tres y este hombre solía verlo yo caminando como transparente por el barrio hasta más o menos el noventa y dos. Puedo equivocarme en las fechas más si tengo clavadas en la memoria algunas frases de mi viejo que parecían como escritas sobre piedra.

Debería dejarles una lista y sería inútil, mejor prefiero anotar que aquel hombre cincuentón no tenía familia pero descollaba en sus acciones la falta de amor que la vida le había dado, lo equilibraba muy bien porque era maestro de una escuela rural donde se transformó en el mentor y segundo padre de todos los gurises y como una luz para aquel pueblo perdido de la mano de dios si es posible que haya dios y que las tenga. Notemos que las gentes sencillas parecen estar de verdad vidas en claro contraste con nosotros los citadinos que vivimos embriagados por el humo del consumo estéril y siempre destructivo.

Tenía dos trajes aquel hombre, fumaba como mi padre cigarrillos negros y siempre abría la escuela rural a las siete en punto de la mañana y al izar la bandera algunos manifestaronme años luego, que se notaba en su mirada cierto desconsuelo. Quizás porque le tocó vivir momentos duros y sin doblegarse se arrepintió con cada golpe eléctrico de pertenecer a la humanidad donde los hombres se vuelven salvajes por cualquier tontería.

__ La patria es la familia, los amigos, un trozo de pan caliente, las manos acariciando un gato, la patria es el amor, sin el no es nada, ni patria ni mierda. __Así le enseñó a los gurises aquel día en que la escuela bajo un chaparrón recordaba la gesta emancipadora de los criollos contra la madre patria española.

Bueno, esta suma de palabras quizás inciertas son algunas de las frases que mi padre recordaba sobretodo luego de tomarse unas grapas con limón en algún barsucho sobreviviente, ya tenía cáncer y solía despedirse en silencio de las cosas rememorándolas como suelen hacer todos los hombres que saben que les queda poco. Bueno, espero que no sea mi caso…

Aquel hombre honesto jamás solía pedir algo que sintiera merecer o echarle en cara a la vida las cuentas en franca pérdida de afectos, sin embargo solíamos sentir su tristeza como un perfume cuando pasaba a nuestro lado. Mi padre cierta vez me lo presentó y al darle la mano noté una energía que no podía pertenecer a esta tierra.

Lo vimos alejarse bajo la lluvia y mi padre me dijo que era el último de los hombres honestos que ya no trae más este mundo que se va consumiendo como si nos cayéramos en un hondo pozo, asfixiados por las cosas.

Con los años creí reencontrarme con mujeres y hombres tan honestos como este hombre anónimo y gris pero siempre fueron como los espejismos en un desierto de edificios grises y rostros perdidos. Mi viejo me lo había advertido pero aún me resisto en creerlo y es que hubo una vieja estirpe de hombres completos, de verdad y llanos que ya no vendrán más a mejorar esta tierra.

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