Neo Vampiros 22: Paula bajo sospecha.

El arte de Toon Hertz (17)

Neo Vampiros 22
“Paula bajo sospecha”
Por: Darío Valle Risoto

Paula se fue de la facultad a mitad de la clase, desde hacía días se encontraba alterada, le había saltado la ficha en algunas cosas, ya no se sentía atraída por Evaristo, el emprendedor hijo de padre embajador y madre doctora, ni le interesaba que sus padres volvieran de Suecia con regalos para compensar la ausencia de afecto. Y todo partía de su extraña amistad con la chica de eternos diecisiete que tanto la sensibilizaba.

Se sentó en la escalinata de la Universidad, le molestaba que alguien se acercara aunque más no fuera para saludarla, tenía uno de sus championes desatados, una paloma caminó con ese gracioso movimiento de la cabeza hasta casi tocarla. Miró al frente, la calle Tristán Narvaja seguía allí, imposible que se fuera, sacó unos TicTacs y se puso tres pastillas en la boca, sentía ganas de gritar, de mandar al mundo entero a la concha de su madre, pero temió hacerlo y terminar internada en un loquero.

¿Si le contara de Lorena a sus padres?, ¿Qué pensarían? Seguramente terminaría como su prima Leticia internada en esa colonia psiquiátrica de las afueras de Montevideo. Leticia había comenzado con visiones de Licántropos y ríos de sangre. La habían llevado a Europa y no las pudieron curar, volvió aún peor y la internaron lejos de inoportunos espectadores.

Comenzaba a caer la tarde. Desde que Lorena se había hecho cargo de Bellotto se había recluido más que de costumbre, hacía diez días que no la veía y comenzaba a sentir su ausencia, era como si le faltara una extensión de sí misma, su terapia con el Doctor Menchaca la había ayudado a descubrir que no era un sentimiento lésbico. ¡Que lástima!
Se ató el Champion, dos compañeras salían y caminaban en su dirección, haciéndose la distraída corrió hasta la avenida y tomó un taxi, tan rápidamente que no llegaron ni a gritarle su nombre.

Cuando entró a su casa la empleada le había dejado la comida para calentar, los jardineros terminaban de regar y Antón, su perro ovejero corrió a hacerle fiestas, tiró la mochila en cualquier parte y abrió el bar de su padre para servirse un trago de licor. Sacó al perro para que no moleste y entró a su cuarto, automáticamente se encendió el equipo de mp3 con el disco de The Cure que Lorena le había prestado.

“Boys don’t cry” cantaba Robert Smith, subió un poco el volumen hasta que Rosaura, la señora que se encargaba de lavar la ropa la rezongó y tuvo que bajarlo, el sonido de su celular apenas audible hizo que volviera a tomar la mochila, era Evaristo. Le mandaba un mensaje sobre la última noche que habían cogido en su casa de Punta del Este. “Los hombres suelen ser bastante predecibles”, pensó, y apagó el celular para no recibir más tonterías.

Corrió nuevamente al cuarto y puso el tema de nuevo, recordó algo, un fogonazo, el ropero, viejas cajas de zapatos con fotos, recortes, cosas, muchas porquerías de las que guardan las mujeres jóvenes, entre ellas una foto de su madre en la puerta del colegio Alemán en 1983.

Pensó en que no tenía un maldito familiar con que compartir y quizás Lorena este allí por una razón, más no sea para compartir eso de vampiros, torturadores y desaparecidos. Sintió la tristeza de la soledad y le costó no ponerse a llorar y el perro la miraba desde atrás de los enormes ventanales.

__Te llamó un policía, acá anoté el nombre: Romeo García, dice que te espera en jefatura, cuando puedas que quiere hablar contigo sobre algunas cosas de poca importancia, nada oficial dijo. __Rosaura le dejó un papel muy mal escrito con el nombre y un par de teléfonos a Paula le recorrió un escalofrío por la espalda. ¡Tenía que ver a Lorena urgentemente!

Nerviosa se tropezó en el living se golpeó la rodilla contra la mesa de vidrio, su pantalón Gucci se rasgó como de papel, se pasó saliva y entró al garaje a encender el Nissan rojo que le habían dejado sus padres.
Dobló por General French y tomó la ruta al centro, recorrió Avenida Italia absorta en miles de recuerdos como imágenes, de pronto reparó en que iba demasiado rápido, quién la perseguía a una media cuadra pensaba lo mismo cuando debió acelerar demasiado el viejo Ford Falcon negro.

El milico sabía más por viejo que por diablo, Paula había estado demasiado cerca de dos de los dieciséis asesinatos en menos de tres años, no podía ser casualidad aunque tampoco podía descartarse en una ciudad tan chica.
__Estás nerviosa pendeja, vos escondes algo y lo voy a averiguar por las buenas o por las otras.

Juicio y Castigo

Este cuento fue publicado previamente 27 de diciembre de 2008