Diario de un pequeño rufián

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Diario de un pequeño rufián
Por: Darío Valle Risoto

Recuerdo como si hubiera pasado ayer pero yo era apenas un adolescente cuando todo se derrumbó a mí alrededor y terminé confinado en un asilo entre jóvenes rufianes y celadores malos como perros salvajes. Mi mundo había pasado de un hogar más o menos confortable aunque pobre, a esa enorme prisión de la mansión “Casbard” en las afueras de Londres donde nos apiñaban a los que ya no teníamos hogar.

Se que hubo una tormenta y con doce años me tomaron de la mano para sacarme de mi casa, eran dos policías mientras intentaban que no mirara aquella enorme mancha de sangre que provenía desde la cocina por debajo de la puerta entornada. Sé que mi padre había llegado borracho como de costumbre porque eso no era novedad, también que yo adormilado traté de calmar a la bebé que comenzó a llorar seguramente asustada por los gritos de mi madre. Luego me dormí.

A la mañana algunas personas destrozaron la puerta, escuché gritos y carreras y luego llegaron los policías con sus uniformes oscuros y rostros de pocas pulgas.
Menos de una semana después me llevaron a Casbard, el primer día me dieron una paliza en el patio, me robaron la comida en el almuerzo y tres bribones orinaron sobre mi cama antes de que pudiera impedirlo. Tuve que dormir en el piso hasta que los celadores me quitaron colgando de un brazo y me llevaron a la dirección.

El director era un hombre completamente calvo de grandes bigotes y barbilla puntiaguda, miraba fijamente pero su mirada parecía depositarse atrás de la cara de uno.
__ ¿Christopher Lacost es su nombre?
__ Si.
__ ¿Si que…?
__ Si señor.
__ Así me gusta.

Miraba una carpeta y hacia muecas extrañas mientras de vez en cuando observaba el lúgubre paisaje de los patios por la ventana a su derecha.
__ Su padre mató a su madre de catorce puñaladas antes de colgarse en el cuarto de huéspedes… muy bonito, si, muy bonito.
Fue la primera noticia de lo que había pasado en mi casa esa noche porque nadie me había dicho nada ni había visto a mi pequeña hermana ni a mis padres desde que me quitaron de mi casa casi en el aire esos policías.
__ ¿Mis padres están muertos?
__ ¿Nadie se lo había informado? __ Entrecerró los ojos y sonrió, poco le importaba por lo visto que yo me comenzara a orinar del miedo, más bien le importó pero en otro sentido porque comenzó a pegarme en la cabeza gritando que allí si se me iba a quitar la herencia de una madre puta y un padre ladrón y borracho como a todos los otros bastardos del asilo.
Cuando llegue al comedor ya habían comido, esa tarde me senté junto a un roble medio podrido en el patio a mirar el lago donde unos patos jugueteaban. No se porque pero no lloré, no podía sentir nada al enterarme que mis padres habían muerto de esa manera tan sangrienta.

Pasaron los días y me fui aclimatando, los tres chicos que me molestaban y robaban la comida comenzaron a tener ciertos accidentes que invariablemente los dejó con pocas condiciones para joderme la vida tanto a mí como a los chicos más débiles y enclenques.
Solo me faltaba el director.

En mi diario vagar por los terrenos que rodeaban al asilo había descubierto en una ocasión que debajo de la profusa cantidad de maleza habían piedras, traté de ver de que se trataba y comprobé que eran los restos de un viejo cementerio que se localizaba desde el noroeste del río en media luna hasta la parte trasera de la mansión pero al otro lado del bosque. Era difícil alejarme hasta allí la mayoría de las veces porque los guardias nos obligaban a permanecer a menos de cien metros de los edificios. Felizmente como vivían alcoholizados muy a menudo se olvidaban de mí.

Y una de esas tardes revisando el viejo cementerio mientras caminaba descubriendo cruces de piedra y estatuas de ángeles encontré una cripta bastante bien conservada.
Me tomó casi una semana poder robar un destornillador del taller y con el mismo pude hacer palanca para abrir la correosa puerta que daba a una insondable oscuridad que se parecía a la boca de una especie de monstruo perdido en el tiempo.
El miedo me detuvo un par de días, era invierno y el cielo invariablemente nublado me impedía ver hacia adentro de la cripta y solo la idea de encontrar tal vez algún objeto valioso entre los cadáveres me hizo volver ya con una vela y unas cerillas desde luego que también robadas.
Lamentablemente mi primera exploración contó con la compañía de John Cort un pequeño niño que me siguió todo el camino tal vez imaginando que como muchos otros me alejaba para fumar.

__ Volvé al edificio, no molestes, no tengo cigarros.
__ ¿A dónde vas? Si no me dejas ir contigo te acuso con los guardias, te lo prometo.
Era un niño muy decidido a molestarme el resto del día y de seguro que me acusaría sin ningún remordimiento por más que le prometí que le iba a partir todos los huesos si hablaba.
Entramos a la cripta y me parece que comenzó a arrepentirse de ir conmigo a tal aventura.
__ Vámonos, aquí no debe haber nada bueno. ¿Qué buscas?
__ Oro estúpido, busco oro, a los muertos los entierran con anillos, dijes, adornos de oro. ¿No lo sabías?
Sus ojos saltones brillaron a la luz de la vela, encontré una estantería con tres ataúdes podridos, un brazo de huesos salía de uno de ellos y al asomarme vi un cráneo cubierto de cucarachas y escarabajos. Nada de oro lamentablemente.
Con un palo moví los insectos pero nada de metal ni oro ni plata, solo carne podrida, reseca y huesos amarillentos o casi negros.
Cuando me había resignado a regresar a la casa antes de que notaran nuestra ausencia John me indicó que al final de la cripta había una puerta pequeña, quizás allí guardaran el oro. Me dijo.
__ Debe haber otro cajón pero ya que estamos aquí.
Era una puerta semi oval de metal también correoso con una gran cruz de madera pegada en ella y una frase en latín ininteligible para mí que apenas sabía leer en mi propio idioma.
Luego de hacer palanca un rato con mí maltrecho destornillador la puerta trampa se abrió pivoteando sobre uno de sus lados y terminó por caer a nuestros pies, las bisagras estaban podridas.

No se veía nada para adentro, era demasiado oscuro y la débil luz de la vela terminó por apagarse, escuché que John profirió un grito quizás demasiado extremo para un niño que le teme a la oscuridad y cuando me volví observé su silueta flaca y desaliñada intentando salir afuera.

Algo mas estaba con nosotros, lo supe cuando una sombra pasó a mi lado e hizo presa del chico levantándolo en el aire y llevándoselo de nuevo al oscuro pozo que había liberado la puerta al caer.

Cuando intenté salir corriendo una voz de mujer me suplicó desde el interior.
__ No me dejes sola, estoy encerrada aquí desde hace mucho tiempo… ¿Qué año es este?
__ Mil novecientos veintiséis. __Le contesté con voz temblorosa solo para escuchar un suspiro resignado desde el otro lado.

Quería irme pero una fuerza sobrenatural me mantenía en el lugar, la vela, volví a encender la vela con manos temblorosas, la mayoría de las cerillas cayeron entre las hojas y la humedad del piso.
__ Me llamo Cordelia, no te haré daño pero tuve que alimentarme de tu amigo.
__ No es mi amigo.
__ Mejor así. ¿Crees en los vampiros?
__ Yo no creo en nada ni en nadie.

Ella se río desde la oscuridad, luego vi una mano blanca de largas uñas negras aparecer, entonces reparé en que afuera caía la tarde y seguramente ya en el asilo me estarían buscando con los perros, todo se pondría bastante jodido y no había nada que hacer al respecto.

__ Me alimento de sangre, solo puedo salir de noche, necesito que me ayudes a volver al mundo,. ¿Cómo te llamas?
__ Christopher Lacost, Lacost.

Ella terminó de salir justo cuando la vela comenzaba a titilar, era alta y muy delgada, hermosa dentro de su palidez y sus cabellos sucios y pegajosos, tenía un andrajoso vestido de color púrpura o al menos fue de ese tono hacía mucho tiempo atrás.
Ya de noche salimos fuera de la cripta, le pregunté por John y me dijo que estaba muerto sin una gota de sangre. No me importó demasiado.
__ Esa mansión fue mi casa hace mucho tiempo.
__ Ahora es un asilo de huérfanos, una prisión, un infierno donde nos matan a palos o de hambre.
Ella abrió la boca y mostró sus colmillos demasiado anormales, blancos, pulidos. Era una mujer hermosa realmente.
__ Tendremos que hacer algo al respecto. __Me dijo con decisión.
__ Venga, la llevaré con el director. __Le dije con una sonrisa de satisfacción en mis labios.

Ese fue solo el comienzo de nuestra sociedad.

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