La extinción de los Unicornios

La extinción de los Unicornios
Por: Darío Valle Risoto

Hubo una vez en que la gente habitaba un mundo posiblemente feliz, más este mundo en particular no era el mío, mi mundo era otro mundo y mis tierras otras tierras si es que así puedo decirlo, más no podré explicar con palabras lo que allanaba mi mente cuando siendo niño les escuchaba hablarme de sus Unicornios.
Pude ser feliz durmiendo el dulce sueño de las hadas pero la realidad solía abofetearme aún más que mi madre y eso que ella no escatimaba artilugios para educarme. La fría relación del cinto o la zapatilla era la tenaz búsqueda de un ser posiblemente superior a sus semejantes en los asuntos de la vida. La educación no entraba precisamente con sangre pero si con algunos moretones y tardes sin televisión y por ende sin dibujos animados.
Reconozco sin culpa pero con cierta vergüenza que fui varias veces antes de los doce años a la iglesia de San Agustín a rezar por mi familia, para que se me cure el asma y no se a esa edad por cuantas cosas más rezan los niños y como tantos miles de millones, de trillones de rezos que volaban desde estas amargas tierras a los posibles regazos de dios no sirvieron de nada.
La esperanza trae consuelo, recuerdo las películas donde soldados agonizantes besan la cruz y luego mueren con una sonrisa, me gustaban las canciones gospel hasta que comencé a reconocer en sus significados las nuevas formas de esclavizar a los negros que son las mismas viejas formas de esclavizar a los blancos.
Los unicornios pastaban la fina y delicada hierba de los idiotas, la fresca naturaleza de los elocuentes ingenuos que gritan loas al señor de los cielos y sienten el calor de estar acompañados por otros seres fantasmales que creen con ojos cerrados y el corazón abierto, esa es la única forma de creer en lo no cierto. Los unicornios engordan con la hierba de los que acometen a sus iguales en el nombre del señor que habita los cielos entre nubes de sangre y hiel.
Me cansé de creer en nada y posiblemente pude hacer dos o tres pruebas empíricas de que la fe es una cosa maleable como un chicle que se adapta a la forma de nuestras necesidades y nos paga con el suplicio de aceptar que dios nos dio esta cosa que llamamos vida y que hay una especie de plan para cada uno de los quichicientos millones de personitas que habitamos este planeta.
Un buen bocado de nuestra cultura gira en torno a los unicornios, seres hermosos y elocuentes fabricados al gusto de los consumidores pero siempre al servicio de una poderosa fuerza llamada ignorancia. Erudita ignorancia de los que tienen fe en los libros que algunos denominan sagrados pero están vaciados de realidad, ficción de ficciones me he preguntado cuantos muertos cargan las biblias, los coranes, las kabalas, los Baghabad Gita, etc.
El infierno es un matadero de hombres que se fortalecieron en doctrinas para seguir viviendo y acabando con la vida dignifican las leyes de sus padres celestiales. La fe es un letargo de la carne y una postergación del deseo de vivir en nombre del sufrimiento. Acaso nadie más que los unicornios han sufrido porque fueron asesinados por otros seguidores de exactamente lo mismo pero con otros nombres.
Ensayaremos la piedad otorgando el derecho de vivir a los que siempre lo han tenido, practicaremos la caridad para que el sistema desigual perviva con pobres enfermos y ricos sanos a ambos lados de la cuerda de la fe. La ignorancia de los unicornios no reconoce clase social y se desparrama entre afortunados y abandonados con igual e idéntica fuerza, la ignorancia es la más democrática de las cosas del hombre.
Himen sagrado de vírgenes prostitutas son aclamadas santas si el padre que vive en un trono de oro así lo entiende, los gusanos le besan la mano y el anillo papal porque así se comprende mejor el mundo, todo tiene una gran explicación con dios de cómplice y caudillo y lo fenomenal es que ellos saben que no existe.
Los Unicornios son los primeros en saber que no existen, así que solamente de nosotros depende que se extingan. Rápidamente para que el mundo sea más cierto.
No hace falta quemar o matar a los unicornios, con nuestra conciencia y sentido común ellos irán desapareciendo a medida que la gente les pida pruebas de sus existencias, se irán evaporando en sus nubes con olor a mierda.

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