Donatella, un acto de fe

Donatella: Un acto de fe
Por: Darío Valle Risoto

Nadie está ausente de pecado, eso lo saben los sacerdotes mucho más que los laicos, porque si algo se mueve húmedo y caliente entre los amplios claustros de un monasterio es el pecado.

Claro que nadie dentro de esas sagradas paredes lo va a aceptar, difícil que uno pueda presenciar que tras largas insistencias un hombre de fe acepte que ha sucumbido a la codicia, la gula o lo que es peor al deseo carnal.
Pero aunque las gentes vulgares y sencillas vean a los aposentos o casas de dios con ojos diferentes, hay ocasiones en que es muy difícil tapar un desliz, por llamarlo de alguna manera, con un dedo.

Eso sucedió al promediar el año 1850 en una pequeña pero emprendedora ciudad al sur de Lyon en Francia.
Donatella Buenaventura fue enviada por sus padres al cumplir los doce años acusada de mala fe y reincidencia en actos pecaminosos como correr desnuda por la casa o prenderle fuego a un tapiz con la figura del amado papa: el beato Pío.

Cuando fue internada era una niña alta, flaca y con ojos enormes y claros que despertaban un miedo profundo en quienes se encontraran frente a tales luminosos círculos de mirada inexpresiva pero por cierto que brutal. Donatella nunca parecía pestañear y eso le producía temor a las otras internadas y cierta animosidad en las hermanas y también en la superiora la señora Duchamp.
Para colmo de atrocidades solía cantar, más bien murmurar una extraña melodía que algunas niñas traducían como una oda al mismo diablo o una letanía proveniente del mismo señor de las tinieblas que usaba su garganta para ofuscar a dios.

Y de nada sirvieron largas jornadas con las rodillas ampolladas tanto por rezar como por limpiar los espaciosos e interminables pisos enlozados del internado, de nada parecía servir ninguna dureza para alinearla del lado de nuestro señor Jesucristo hasta que fue necesario ponerle mano dura y disciplinarla.

Doce azotes por cada año de vida le surcaron la espalda de líneas carmesíes y quizás le dieron un poco de silencio a sus labios que por un tiempo dejaron de murmurar cosas.
La señora Duchamp la hacia caminar desnuda y descalza frente a la enorme cruz con un cristo sufriente por los pecados del hombre. La madre superiora de rodillas con las manos en acto de oración no podía dejar de mirarla con cierta lascivia en el rostro si se nos permite tal alocada alusión.

Así un tiempo después Donatella se convirtió en una joven mujer que seguía manteniendo a prudente distancia a las otras muchachas que por decenas vivían en el convento desde todas partes llegadas para entrar por la puerta principal al mundo del santo catolicismo.

Pero lo que parecía una lenta pero segura recuperación, se volvió tragedia cuando la hermana Dionisia encontró a Donatella desnuda abrazada a una chica portuguesa en una de las camas antes de comenzar la misa del domingo.

La noticia sumió al convento en un predicamento, desde el año 1824 en que una niña alemana se había prendido fuego en la cocina que no ocurría un drama que pusiera a lo santos claustros en una situación tan difícil.
Por lo tanto se enviaron misivas al cardenal de París que envió a un prelado llamado Joseph Van Dominus a tratar presencialmente tan delicado tema.
Joseph era un hombre demasiado joven quizás para la tarea, pero que en su mirada profunda y serena, más no exenta de dureza mostraba que tenía experiencia en el tema de acallar las pasiones infernales y dominar a las que son influenciadas por el maldito.

La niña de Portugal acusó a Donatella de haberse metido en su cama en la madrugada del domingo antes de la misa, ella había sido exonerada de tal acto santo por tener influenza y por lo tanto aseguró no comprender como la extraña muchacha se desnudó a su lado y penetró debajo de las sábanas para provocarle actos no merecedores de ser relatados. A continuación rompió en llanto.

El padre Joseph solicitó permanecer a solas con Donatella que había vuelto a su estado cuasi cataléptico recitando esa letanía que ahora si todas aseguraban se trataba de una vieja invitación del diablo al aquelarre.

Joseph se negó a que volviera a ser penada con latigazos y acariciándole paternalmente el cabello sostuvo que era su santa misión que esa joven mujer y casi una niña volviera a recuperar la fe en dios que se había manifestado por medio de nuestro señor Jesucristo para expiar las almas de la humanidad.

Así que pidió que ambos fueran encerrados dentro de un altillo en la torre norte del convento y por horas solo se escuchó la voz del padre rezando sin cesar hasta que para asombro de las hermanas que permanecían expectantes junto a las puertas de roble, escucharon a la joven Donatella rezar junto a el varios padres nuestros y otros tantos aves Marías.
Cuando ambos salieron de ese aposento dedicado a especie de celda de castigo el rostro de la joven Donatella tenía cierto brillo luminoso de bondad y calma que nunca antes se había podido imaginar en ese joven rostro.

La madre superiora aceptó de buen gusto que siguieran teniendo estos encuentros pero pidió solemnemente ser parte de tal acto de fe, no solo para apoyar al padre en la tarea sino para poder ser fiel testigo de ese acto de constricción de parte del prelado hacia la pobre discípula de Satanás.
Así que durante semanas entraban los tres y por último los rezos se fueron acallando tal vez sometidos al silencio de una oración emanada de lo más profundo de los seres que al servicio de dios se habían dedicado en cuerpo y alma a la salvación de la joven Donatella.

Dos meses después el padre Joseph Van Dominus volvió a Paris y casi a fin de año la silenciosa pero ahora cambiada para siempre Donatella Buenaventura parió un hermoso niño que fue criado en el monasterio hasta que a la edad de doce años enviaron a la capital para entrar a Nuestra señora del Paris como futuro sacerdote.

Dios obra de forma misteriosa, alabado sea.
FIN
Viernes, 10 de enero de 2014

Una pausa en la ruta

Una pausa en la ruta
Por: Darío Valle Risoto

Recordar suele ser un acto automático, vienen las imágenes mentales generadas por una concatenación de pensamientos fortuitos y luego se atan estos a unos y otros para llegar como un barco sin vela a puertos extraños, casi siempre inesperados.
No tenía gracia ese dolor en la espalda, así que trató de mirarse en el espejo para ver la herida, algo lo había cortado en diagonal desde el hombro izquierdo hasta casi la nalga derecha pero no parecía grave, la sangre estaba seca, oscura. Entonces observó su rostro.
__ Este soy yo. __Se dijo mirando al muchacho en el espejo sucio de ese cuarto de hotel barato al costado de la ruta a Greenville.
__ Mucho gusto… Peter, Peter Normand Usher.
Era él presentándose a si mismo dentro de un marasmo de sensaciones que le subían desde el estómago a la boca como unos trapos sucios y ásperos hasta casi ahogarlo. Vomitó sobre el inodoro sin tiempo a levantarle la tapa, la comida le salpicó los tenis All Star.
__ ¡¡Fuck!!!
Se limpió y mirando hacia atrás en el cuarto vio una t-shirt con el logo de Motorhead sobre la cama. Se la puso, le calzaba bien. Pensó en que debía de ser suya, es decir de Normand Peter Usher…así quedaba mejor.
Entonces vio el cadáver.
Era una muchacha, tenía el cuello atravesado por marcas como de garras, se había desangrado a razón de ello. Así lo imaginó cuando casi se patina sobre la alfombra anegada de sangre coagulada, grumosa, estéril.
__ ¡Elizabeth!
Recordar es un acto automático, rememoró el autobús de pasajeros y bajar a estirar las piernas, comerse un par de donas con una soda en el Diner y luego conversar con esa chica de Atlanta, era simpática, lamentablemente no iba sola.
Un hombre alto, gris, de mirada furtiva dijo ser su esposo, a Normad no le pareció cierto, no encajaban, además ella miraba con temor al hombre. O mentía que era su marido o el hijo de puta la golpeaba.
__Tenemos que alquilar un cuarto, va a amanecer. __Le dijo el marido con voz autoritaria, ella miró a Normand y se alejaron rumbo a las oficinas del Motel junto al restaurante de paso.
Había viajado toda la noche, también estaba cansado, así que también pidió un cuarto, le dieron el trece justo al lado de esta pareja, dos minutos después escuchó que discutían al otro lado de la pared.
Prendió un canuto de marihuana y fumó mirando la televisión en blanco y negro, daban un capítulo de La ley del revolver. ¿Acaso habían retrocedido a los años setenta? Todo a medida que se aproximaba a Greenville parecía envejecer kilómetro a kilómetro.
__ ¡No quiero! __Gritó ella.
__ ¡Date vuelta perra, a ver el cuello! __Otra vez la voz correosa y Normand fumando su porro comenzó a afinar el oído, seguramente le estaba pidiendo el culo, nada raro sobretodo pensando en que la chica tenía buenas caderas…
Un enorme portazo y alguien, salio afuera, poco a poco Normand se arrimó a la cortina y la vio afuera fumando nerviosa, en el horizonte se dibujaba una lengua de sol fina sobre el recorte de las montañas.
__ ¿Te sientes bien?
__ No sabía que estabas al lado, al menos una cara conocida es buena en estos momentos. __Ella se echó subrepticiamente sobre el hombro del joven. Algo le dijo al chico que estaban siendo observados pero no se veía más que las cortinas cerradas de su habitación, la catorce.
__ Tu marido… ¿Te pega?
__ Algo así, digamos que sí, no te metas, es un hombre… complicado. Pero va a dormir mientras haya sol. Quiero caminar.
El aire comenzaba a enfriarse a medida que el sol levantaba algo de viento y era como si la helada noche se desprendiera del refugio de la tierra y se elevara a través de los huesos de los dos jóvenes que parecían ser los últimos habitantes de la tierra. Las líneas de habitaciones del motel en forma de “U” rodeaban una pequeña fuente de agua. Ella se lavó las lágrimas con la salida que provenía de la boca de la estatua de un santito desnudo.
__ ¿De verdad es tu marido?
__ Algo así. ___Dijo, mirando hacia su habitación que permanecía a oscuras. Normand advirtió que había dejado su cuarto abierto y se veía al Marshall Dillon dispararle a alguien en la serie.
Volvió al presente, miró su remera con el diseño de la Cabeza de motor y luego a la chica muerta, pronto podría llegar la policía y como explicarle que luego de que habían cogido tuvieron la intempestiva visita del tipo alto y delgado de piel gris que había dicho ser su marido. ¿Cómo explicarles que luego de matar a la chica el hombre se transfiguró y que felizmente Normand tenía ese enorme cuchillo campirano que llevaba para regalarle a su abuelo Lucas y que en medio de la lucha no supo como le había atravesado el corazón a esa cosa?
¿Qué carajo hacia un vampiro viajando con una muchacha por la carretera del este?
No había muerto del todo por la cuchilla de caza hasta que Normand le empujó la hoja y la empuñadura de plata tocó su carne reseca, entonces lanzó un chillido y se hizo polvo todo él, hasta su ropa desapareció.
¿Cómo explicarlo?
FIN

El Lobo Sedentario

El Lobo Sedentario
Por: Darío Valle Risoto

La gente me cansa, creo que no tienen rostros y solamente veo en sus expresiones el mismo tipo de fastidio que yo siento aún cuando ríen o están conectados a sus dispositivos de ensoñación. La gente me produce un hastío hereditario, una soledad acuciante de ser extraño, de alienígena metamorfoseado en ser humano que sin embargo no puede dejar de sentirse un reptil hipócrita repitiendo rituales y lugares comunes hasta sentir un hartazgo que se vuelve piedra en la boca misma del estómago.
 
Todas las canciones que escucho son la misma canción, los discursos, las necesidades nunca satisfechas de peones adictos al miedo que deambulan entre paredes gigantescas de recuerdos forzados, de memorias de tiempos felices que nunca sucedieron, de amantes que nos abandonaron y con el tiempo ya no son las mismas amantes sino otras muy diferentes disparadas hacia una memoria infeliz que necesita seguir fraguando mentiras.
 
El pasado es entonces un caleidoscopio que manipulamos con las artes de la frustración del presente continuo donde el futuro está aquí vestido de deterioro físico y mental, nos comienzan a doler distritos nuevos del cuerpo, la piel cae, los huesos se hacen puré, la sangre ya no fluye sexual y caliente, idiota e ineficaz como en nuestra juventud, tenemos pocas erecciones y soñamos con actos prohibidos donde niñas corren vestidas de blanco y descalzas de nuestras manos ávidas de sexo.
 
Una mujer se comienza a parecer a un maniquí ampuloso con carnes en exceso, mondongos que asoman de pantalones puestos con tortura a por un macho reproductor adecuado, un cumbiero que cante regettones felices embriagado por la pasta base y el alcohol. El amor ahora debe ser colectivo, vale más el cuento, la historia que el placer de rozar una piel delicada, un cabello con aroma a flores, mirar unos ojos jóvenes y brillantes. El amor se compra por un instante, es una aplicación gratuita para dispositivos móviles sin conciencia y mucho menos capacidad de razonamiento.
 
Cantan las sirenas en la radio compartiendo relaciones enfermas, retorcidos asuntos privados que se colectivizan al precio de algunos segundos de popularidad anónima, la gente necesita muy poco para alquilar algo de notoriedad absolutamente absurda. Ir más allá, saltar más alto ponerse cosas raras en el culo o la vagina, acostarse con la hermana, con la esposa o la hija del jefe, mejor con las dos juntas mientras el guardia de seguridad se baja los pantalones y muestra si miembro viril, todo vale en el mundo del espectáculo atroz en este mundo surcado por bytes y deterioro moral.
 
 Todos las películas son la misma, mejor leer un rollo de papel sanitario que a Pablo Coelho, escuchar una tiza chirriando contra el pizarrón que a Justin, mejor masturbarse a la luz de la luna mirando una foto de la madre Tereza que abdicar al gran monstruo del espectáculo más grande del mundo y a la vez más pequeño. El fastidio es celular, la selfie invita a compartir la vergüenza de ser el más idiota de los idiotas, viajar ya no suele ser para conocer lugares sino para fotografiarlos. Coleccionar dispositivos, guardar miles de fotografías y videos que atestigüen que estuvimos un ratito nomás en este mundo es la nueva masturbación, el muevo sexo, el orgasmo electrónico de la baboseada universal. Buscar la envidia, pelear en las redes, admitir nuestra derrota del ser, la ambivalencia de vivir entre el plástico y colgar frases ecologistas, fotos de perros golpeados, de niños con hambre, de guerras, de contaminación, todo vale para intentar decirle al mundo que somos, que estamos y sin embargo seguimos siendo nada.
 
Algo rompió el orden de las cosas, todo se pervirtió cuando los ricos comenzaron a bailar músicas vulgares y a leer la revista Caras dejando de lado a Mozart y a los grandes pensadores. Rubén Darío fue sustituido por un Twitter, la Divina Comedia decayó hasta ser una pobre murga en el carnaval Uruguayo que dura todo el año y tiene el color celeste de las cosas podridas.
 
Era más fácil hacernos todos brutos, mal hablados, enfermitos que apuntar para arriba, ahora todos se parecen ya no quedan intelectuales solo remedos de artistas del espectáculo, Tinelli vale más que Chomsky en este Baudeville de muertos vivos, de zombies que digitan a por placeres de ciento cincuenta caracteres, todo parece en vano y seguimos cagando bytes, reproduciendo siempre la misma historia donde no es difícil descubrir que nadie es nadie y que ya deberíamos estar cansados de no tocar gente, de haber dejado aquella satisfacción de sentarse en un bar y conversar, tomar algo, reírse, sentirnos amigos y con vida sin que un celular nos avise que la irrealidad está en una pantalla para que sigamos durmiendo.
 
He pensado que hace tiempo nos extinguimos, que Matriz solamente fue un error del programa y que debí hace tiempo casarme con Claudia y no hacer más preguntas, dedicarme a vivir siendo un anónimo más dentro de la vorágine, criar un perro, votar a la derecha, creer en dios, abdicar del libre pensamiento y prejuzgar de forma automática a todos los que suelen al menos decir que NO.

Coetc y la violencia cotidiana

Coetc y la violencia cotidiana
Por: Darío Valle Risoto

Ayer llovía copiosamente sobre todo el Uruguay por lo que salir a trabajar y caminar las más de cinco cuadras hacia la parada del colectivo a las seis de la mañana no fue nada placentero sobretodo porque en el taller no hay mucho trabajo y bien podría haberme quedado en casa sin mayores inconvenientes.
El 486 (El G desde La Paz hacia el centro en la parada de Freire y San Quintín) como siempre se detuvo a cuatro o cinco transportes de distancia de la parada por lo que tuve que salir del cobijo del techo de esta y caminar para subirme al coche, en determinado momento pensé en decirle al chofer o al guarda que hubiera sido buena idea detenerse más cerca para que la gente que sube y la que baja no se mojara demás, pero inmediatamente desistí de la idea que nada iba a solucionar dada la habitual mala leche de la mayoría de los empleados y/o “cooperativistas” de esta nefasta compañía.
Cuando subo me encuentro con el guarda discutiendo a los gritos con un pasajero que desde el fondo muy enojado le protesta por la misma razón, discusión que parece acercarse peligrosamente a una batalla. El guarda es un viejo conocido de tantos viajes que llevo y no se destaca en su cuerpo obeso y aspecto duro por sus dones de gente.
Me quedo parado con el dinero para pagar mi pasaje delante de el mientras sigue gritándose con el muchacho y diciendo cosas tan maravillosas como: ___ ¡Nadie dijo nada y todos bajaron y solo vos protestas!
Le solicito tres veces que me cobre, la última gritando tanto como él para que me escuche y luego de esto me mira desencajado y me dice.
__ ¡No me grites!
__ El que está gritando es usted, ¿Cómo me va a escuchar sino?, mejor me siento y le pago después.
__ ¿Qué boleto querés?
__ Común… gracias.
Cuando me siento  a poca distancia sobre el corredor del lado del frente al guarda este amenaza con hacer ir al colectivo a la comisaría por lo que desde luego la gente al unísono exclama que todos vamos a trabajar. El guarda dice entonces que no todos y que el pibe que protesta se debe rascar los huevos todo el día, solo segundos después de haber solicitado que no le falte el respeto, pero era de suponerse que la cosa no paraba alli.
Por lo tanto como el tipo del fondo sigue cacareando el guarda se para violentamente y encara a ir hacia el tipo enojado porque aparentemente lo está grabando con su celular. __ ¿Qué estás grabado, sos periodista?
Pero lo paramos un pasajero y yo no dejándolo pasar y le digo: __ Así no va a solucionar nada.
Cuando se vuelve a sentar en su lugar se sucede el siguiente diálogo que yo inicio.
__ ¿Sabe cuantas denuncias he hecho por la mala gestión de esta compañía?
__ ¡A mi que me importa, yo no soy ni dueño ni accionista, a mi que me importa!
__ Debería importarle, yo se que su trabajo es difícil y que tiene que aguantar un montón de cosas todo el día pero nadie se levanta a las cinco o las seis de la mañana para ir a jugar y si todos los que trabajamos no tratamos de hacer nuestras tareas de la mejor forma posible estamos jodidos.
Bueno, el tipo sigue diciendo un montón de cosas que seguramente andarán en algún video por allí y por último le agrego que para iniciar una pelea se necesitan dos personas, que nadie pelea solo y que en estos casos es mejor tratar de ser más objetivos.
Dijo un par de cosas más y me volví a calzar mis auriculares para hacer el resto del viaje con la calma habitual.
Posteriormente me quedé pensando en que hubiera sido interesante ir todo el colectivo a una comisaría a casi las seis y media de la mañana bajo la lluvia para hacer una denuncia contra el guarda, la compañía y hasta la intendente de Montevideo para que se me devuelva el boleto, se me paguen los que tendría que gastar para ir tarde al trabajo y se me indemnice por el tiempo perdido además de pedirle al juez que le hagan un peritaje sicológico al guarda porque indudablemente el tipo está tan estresado por su trabajo que serié mejor darle un tiempo libre para que se tranquilice.
En un mundo ideal cuando un pasajero protesta porque el colectivo paró lejos de la parada bajo la lluvia, protesta totalmente legítima porque el boleto es un contrato tácito donde ellos tienen la obligación de dejarnos sanos y salvos donde deberíamos bajar se suscitaría el siguiente diálogo.
__ ¡Che, por que no me abrís en la parada así no me mojo!
__ Perdóname viejo, pero todavía estamos tratando de aprender a detenernos donde se debe, discúlpanos.
Pero este no es un mundo ideal y viajar cotidianamente en el transporte público se parece mucho a la idea del infierno cristiano y eso que soy ateo.

Escaneado del boleto, como verán lo tuve que poner a secar porque estaba empapado