Los Viajes extraordinarios

Los Viajes extraordinarios
Por: Isaac Asimov

Sólo para mostrarle que un asunto tan simple como el de definir la ciencia ficción puede encerrar suficiente complejidad, aquí tiene usted un segundo ensayo sobre el tema, que también me pertenece pero enfoca la definición de una manera bastante diferente.
Este segundo ensayo apareció por primera vez como artículo de fondo en el número de marzo-abril de 1978 de la Revista de Ciencia Ficción de Isaac Asimov, un periódico al que me referiré de aquí en adelante como “mi revista” para evitar la repetición fastidiosa de mi nombre.
Mi revista comenzó* con el número de primavera de 1977 como publicación trimestral, pasó a ser bimensual en 1978, mensual en 1979, y tetrasemanal en 1981. Resultó un éxito gratificante.
El actual jefe de redacción de la revista es George Scithers, y Shawna MacCarthy es director ejecutivo. Yo puedo llamarla “mi” revista, pero son ellos los que hacen el verdadero trabajo cotidiano. Aun así yo también tengo mis tareas, y una de ellas es la de escribir un artículo de fondo en cada número.
Tengo entera libertad para elegir el tema de estos artículos, pero casi siempre trato algún aspecto de la ciencia ficción. En consecuencia, cerca de dos docenas de esos artículos están incluidos en esta recopilación, modificados para eliminar las frases que sólo cobran sentido si usted está con un número de la revista en sus manos.
 VIAJES EXTRAORDINARIOS
Probablemente haya tantas definiciones de la ciencia ficción como gente que la define, y las definiciones varían desde las de los exclusionistas extremos, que quieren a su ciencia ficción pura y dura, hasta las de los inclusionistas extremos, que quieren que su ciencia ficción abarque todo lo que crece bajo el sol.
Ésta es una definición exclusionista extrema que me pertenece: “La ciencia ficción trata sobre científicos que se ocupan de la ciencia en el futuro.”
Y ésta, una definición inclusionista extrema de John Campbell: “Historias de ciencia ficción son todas aquellas que compran los editores de ciencia ficción.”
Una definición moderada (de nuevo mía): “La ciencia ficción es la rama de la literatura que trata sobre las respuestas humanas a los cambios en el nivel de la ciencia y la tecnología”. Esto deja abierta la cuestión de si los cambios son avances o retrocesos, y si, con el acento puesto sobre la “respuesta humana”, uno necesita hacer algo más que referirse a esos cambios incidentalmente y sin detalles.

De hecho, a algunos escritores, la necesidad de detenerse en la ciencia les parece tan escasa que objetan el uso de la palabra en el nombre del género. Prefieren llamar aquello que escriben “ficción especulativa”, lo que permite conservar la abreviación “s.f.” (science fiction).*

De tanto en tanto, siento la necesidad de volver a pensarlo todo desde cero, y entonces ¿por qué no abordar la definición históricamente? Por ejemplo:
¿Cuál es el primer producto de la literatura occidental, producto que conservamos intacto y que podría ser considerado por los inclusionistas como ciencia ficción?
¿Qué le parece La Odisea de Homero? No trata sobre ciencia, en un mundo que todavía no la había inventado, pero sí trata sobre el equivalente de los monstruos extraterrestres, como Polifemo, y sobre gente que dispone del equivalente de una ciencia avanzada, como Circe.
Sin embargo, la mayoría de la gente consideraría La Odisea como un “cuento de viajes”.
Y eso está bien. Los dos puntos de vista no se excluyen mutuamente de manera forzosa. El “cuento de viajes”, fue, después de todo, la primera idea fantástica, lo fantástico natural. ¿Por qué no? Hasta los tiempos contemporáneos, viajar era el lujo de los pocos, los únicos que podían ver lo que las vastas multitudes de la humanidad no podían.
 Hasta hace poco, la mayoría de la gente vivía y moría en la misma ciudad, el mismo valle, el mismo pedazo de tierra donde había nacido. Para ellos, todo lo que estuviera más allá del horizonte era fantástico. Podía tratarse de cualquier cosa, y todo lo que se dijera de ese lejano país de las maravillas, a más de cincuenta millas, podía ser creído. Pliny no necesitó ser especialmente retorcido para creer las historias fantásticas que le contaron sobre tierras lejanas, y los lectores se las creyeron a él durante mil años. Sir John Mandeville no tuvo dificultades para hacer pasar por verídicos sus cuentos de viajes inventados.
Y durante veinticinco siglos, a partir de Homero, quien quería escribir una historia fantástica, escribía un cuento de viajes.
Imagínese alguien que se va al mar, desembarca en una isla desconocida, y encuentra maravillas. ¿No es acaso Simbad el Marino y sus cuentos sobre el Rukh y sobre el Viejo del Mar? ¿No es Lemuel Gulliver y sus encuentros con los liliputienses y los gigantes? En realidad ¿no es King Kong?
El Señor de los Anillos, junto con eso que promete ser una gran multitud de imitaciones serviles, es también cuento de viajes.
Pero ¿no son estos cuentos de viajes historias fantásticas más que ciencia ficción? ¿Dónde aparece la “verdadera” ciencia ficción?
Consideremos el primer escritor profesional de ciencia ficción, el primer escritor que se ganó la vida con algo que es innegablemente ciencia ficción: Julio Verne (véanse capítulos 27 y 28). Él no se consideraba a sí mismo como un escritor de ciencia ficción, puesto que el término todavía no había sido inventado, y durante doce años escribió para las tablas francesas con éxito regular.
Pero era un viajero y explorador frustrado y, en 1863, dio de golpe con la mina de oro al escribir sus Cinco semanas en globo. Él lo consideró como un cuento de viajes, aunque de un tipo inusual, dado que en él se hacía uso de un dispositivo creado gracias al avance científico.
Verne repitió su éxito empleando otros dispositivos científicos de su época y del futuro posible, para llevar a sus héroes cada vez más lejos en nuevos “voyages extraordinaires” a las regiones polares, al fondo del mar, al centro de la Tierra, a la Luna.
 
La Luna había sido siempre un tema fundamental de los narradores de cuentos de viajes desde Luciano de Samosata en el primer siglo de nuestra era. Se la tenía simplemente por otra tierra lejana, pero lo nuevo en el caso de Verne estriba en que él se esforzó en hacer llegar a sus héroes hasta ahí aplicando principios científicos que todavía no habían sido puestos en práctica en la vida real (aunque su método era impracticable tal como él lo describió).
Después de él, otros escritores llevaron hombres en viajes más remotos hasta Marte y otros planetas, y finalmente, en 1928, E. E. Smith, en su “La alondra del espacio”, rompió todas las barreras con su “viaje ainercial”, llevando a la humanidad hasta las estrellas distantes.
La ciencia ficción empezó así como una variación sobre el cuento de viajes, diferenciándose de éste principalmente en que los vehículos usados todavía no existen pero podrían existir si el nivel de la ciencia y la tecnología es extrapolado a distancias mayores en el futuro.
Pero, indudablemente, no toda la ciencia ficción puede ser considerada como cuento de viajes. ¿Y las historias que se quedan aquí no más, en la Tierra, pero tratan sobre robots, o sobre catástrofes nucleares o ecológicas, o sobre nuevas interpretaciones del pasado remoto, entonces?
Nada de eso, sin embargo, es “aquí no más” en la Tierra. Siguiendo el ejemplo de Verne, todo lo que ocurre en la Tierra es posibilitado por los cambios continuos (habitualmente avances) en el nivel de la ciencia y la tecnología, de manera que la historia debe tener lugar aquí no más en la Tierra del futuro.
¿Qué piensa usted entonces de esta definición? “Las historias de ciencia ficción son viajes extraordinarios a uno de los infinitos futuros concebibles.”
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