Una Paula para conectar: Parte 1

Una Paula para conectar
Por: Darío Valle Risoto

Nota del autor: Buscando algunas cosas uno encuentra otras y me sale este cuento escrito por mí en el 2003 que ni recordaba, desde luego que inmediatamente salta a la vista que los relatos de Robots que escribo en este momento se le parecen bastante por el tema de la chica artificial, etc.
La Semana venía realmente mal, cagado por los perros dirían algunos, pero Luís no se resignaba, claro que la noticia de que la abuela Nora estaba grave, ya era el colmo. Viajó desde el barrio de Nuevo París a Carrasco abstraído en lejanos pensamientos, recuerdos de su infancia en Sayago, cuando los abuelos le recibían para colmarlo de atenciones, se sentía allá en el fondo, debajo del parral, entre los perros y las gallinas como un pequeño Tarzán, explorando tierras ignotas.
Era el nieto preferido, siempre lo supo y hasta quiso que sus padres lo dejaran allí para siempre más de una vez, pero los años y las obligaciones lo apartaron largas distancias. Se recibió de abogado en el ochenta y cuatro por presión y gracia de sus viejos, la abuela sabía que tenía demasiado corazón para ser chupa sangre legal y ejerció no más que año y medio, se fue a Ecuador en el ochenta y seis y de allí a México, luego a Estados Unidos de donde regresó al enterarse que el abuelo Antonio había muerto y a la abuela la metieron en un geriátrico, se sintió tan mal como responsable, ella se negó a dejar la casa de salud y por lo tanto la visitaba lo mas seguido posible.
Bajó en la esquina y caminó a la casa donde se guardaba a los viejos, se preguntó si ese sería el fin mejor para los ancianos o tan solo otra manera de ser desarraigado antes de tiempo. Sabía que su padre, el propio hijo de Nora, apenas venía, claro, el sí era un abogado de verdad.
Apagó el cigarrillo y tocó timbre, Nancy, una de las empleadas le abrió, siempre solicita trató de darle la mala noticia de la mejor forma posible, pero a esas alturas era de esperarse.
___ El Doctor Paredes le dio el calmante hace unos minutos, duerme, pero podes entrar.
Recorrió el salón de entrada y saludó a algunos conocidos, enfermeros e internos, el viejo Manuel leía el diario y comentaba con otro el partido de Nacional y Liverpool donde los últimos se habían comido cuatro goles. Era una tarde soleada.
El sol besaba las cobijas cuadriculadas de la abuela, ella dormía, con sus manos arrugadas sobre las mismas, el suero goteaba lentamente y el canario en su jaula cantaba recibiéndolo. Luís le dio un delicado beso en la frente apergaminada y la notó fría, demasiado fría.
Una enfermera pasó por el corredor y asomó la cabeza viendo que había alguien sentado junto a Nora.
__ Buenas tardes.
__Buenas tardes __Contestó despabilándose, de pronto lo había cubierto un pesado sopor.
Comió una galleta malteada de las que tenía sobre la mesa de luz, encontró sus anteojos sobre un libro de Horacio Quiroga y otros autores nacionales, estaba abierto sobre el cuento:” El almohadón de plumas”. Sintió un escalofrío.
Revisó su frente, estaba aún más fría, le arrimó el oído al pecho plano y no sintió el corazón, con los ojos enrojecidos salió al corredor, la abuela había muerto.
El Doctor Paredes llegó casi corriendo, entró y la auscultó, lo mandó para afuera, el se sentó en el corredor, los viejos de las otras habitaciones comenzaron a cerrar sus puertas como para que no entre la muerte.
Quince días después estaba en su casa escuchando un disco de Pink Floyd y recibió la noticia telefónica de que había heredado la casa de Sayago y treinta mil dólares, no podía creer que la abuela tuviera ese dinero, se sintió una porquería cuando bajó en la ciudad vieja y entró al despacho del abogado de Nora, él le informó que era el único heredero, pensó que sus primos lo iban a odiar.
__ Lo que usted haga con la plata es cosa suya, además le dejó esta carta __Le dijo el tipo que tenía un desagradable aspecto excesivamente cargado de peso, Luís abrió el sobre allí mismo, comenzó a leerla sin inmutarse del leguleyo que esperaba que firmara los papeles. Sonrió porque ella había mantenido en sus palabras su proverbial sentido del humor, le llamaba “viaje” a la muerte y le seguía diciendo Lucho en sus letras, en su carta le suplicaba que use el dinero de la forma mas loca posible, que lo tire en mujeres, se lo tome, que lo viva y disfrute, que ella lo recibió del marido y que no necesitaba nada, que la plata es para los jóvenes, a los viejos les alcanza con los recuerdos.
Firmó y salió a la calle deseando que haya sol, pero estaba nublado, torpe y tristemente nublado, se fue a un café y luego de acomodarse miró el cheque, pensó en Florencia, ella había sido la mala noticia de la semana hasta lo de la abuela, dos tragedias en cuatro días era demasiado. Florencia se había separado de él de la noche a la mañana, no se habían llevado bien desde el verano cuando ella quiso casarse y el contestó con evasivas. Para que engañarse, nunca había pensado en formar un hogar, pero la extrañaba, al menos era buena en la cama aunque hablaba demasiado.
Llegó a casa y desconectó el teléfono, su padre lo había llamado varias veces desde que se enteró que era el heredero, no quería pensar en nada, se tomó un Valium y se tiró en el sofá, el perro le hizo fiestas para que lo saque pero se tuvo que conformar con el jardín del frente, de todas formas durmió mal, al despertarse vio de nuevo el cheque sobre la mesa ratona con un adorno apoyado encima, en la puerta alguien intentaba meter una llave.
__ Vengo a buscar mis cosas __ Dijo Florencia con cara de pocos amigos, estaba demacrada, pálida, ya habían hablado de la muerte de la abuela pero Luís no quería volver a las eternas discusiones. Tenía un vestido largo color vino y sandalias Indias, se había atado el largo pelo castaño en un moño, Luís la notó extraña y hostil.
Metió el cheque en el bolsillo de atrás de su vaquero y salió a la puerta, le abrió al perro para que salga a hacer su recorrido, alguien esperaba a Florencia en el auto, hizo como que no se había dado cuenta y volvió a entrar, ella revisaba los discos, sacaba algunos, ponía otros, apartaba los suyos.
__ ¿Este es tuyo o es mío? __Dijo con uno de Caetano Veloso en la mano.
__ Sabes que no me gusta la música Brasileña.
__ Mío no es __Contestó ella mirando el disco, seguramente sabiendo que Luís acostumbraba pegarle etiquetas con su nombre.
El caminó a la cocina y calentó agua para tomar un café, ella lo guardó con los suyos en una mochila Benetton, levantó un disco de tapa blanca.
__ The Wall es mío __Dijo como con rabia Luís al ver que lo iba a meter con los demás, ella reaccionó como un ladrón pescado in fraganti.
__ Pensé que no te gustaba, como te lo regalé yo. __Contestó ella desafiante, Luís comenzaba a pensar en la posibilidad de pegarle una buena patada en el culo.
No le contestó, se sirvió un café y se metió en el cuarto, el ropero estaba abierto, también se había llevado el resto de su ropa, lo que significaba que tres cuartos del mueble quedaba vacío. Eso si, su perfume persistía en el aire.
__ Te dejo las llaves en la mesa __Gritó ella, él se mordió los labios para no putearla, sentía un montón de sensaciones encontradas, la peor de todas era la del indefectible vacío que le quedaba en la cama que parecía extremadamente grande y desierta.
Junto a los zapatos se le había caído una bombacha roja calada, la levantó y la tiró en la papelera, luego la sacó y la puso en el cajón de sus calzoncillos, no pudo evitar sentir el agradable tacto de la tela entre sus dedos que alguna vez encontraron a Florencia dentro de esa ropa interior.
Sonó el teléfono, salió a las puteadas, seguramente ella lo había colgado antes de irse, solo por su maldita compulsión a ordenarlo todo, además hablaba demasiado.
Era su padre.
Dos días después sacó un poco de dinero, el estar desocupado lo tenía mal, cuando fue al banco a abrir una cuenta con su plata heredada no pudo evitar sentirse una especie de parásito que iba a vivir de lo que su abuelo había ganado rompiéndose el culo cuarenta años en la bodega de Melilla.
Continuará.
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