Ser Bicentenarios…

Ser Bicentenarios
Por: Darío Valle Risoto

Acabo de ver nuevamente casi por completo la película: “El hombre Bicentenario” inspirada en el libro del mismo nombre de Isaac Asimov, libro que leí hace prácticamente unos treinta años y que desde luego recomiendo ampliamente, más no es un libro de ciencia ficción cualquiera si se me permite el atrevimiento de intentar dejar el pensamiento de que hay relatos de anticipación más o menos consumibles.
Me sigue pareciendo curioso de que el tema de la libertad y de ese deseo tan humano como el reconocimiento frente a nuestros semejantes sea el motivo central de esta historia que no es para nada original y sin embargo obliga a reflexionar sobre esto de estar compartiendo este pequeño espacio de vida conciente sobre este planeta. Otra película que me viene desde luego a la mente en este preciso instante es “Las Alas del Deseo” o mejor dicho: “El cielo sobre Berlín” de Win Wenders aunque en este caso no se trata de la vida de un robot que quiere ser humano sino de un ángel que pretende serlo pero las coincidencias son suficientes.
Por otro lado creo que luego de estudiar diferentes religiones y filosofías durante la mayor parte de mi vida he llegado como siempre se suele hacerlo al punto de partida, el: “Solo se que no se nada” aparece subrepticiamente como mi gata mirándome desde un rincón con sus ojos enigmáticos quizás sabiendo ese secreto preciso que nunca sabremos los hombres.
Despojarnos de los deseos es el motivo central de muchas filosofías orientales, mientras que en occidente estos son sometidos, cuando no reprimidos a los designios de un ignoto dios que tiene buenas dotes de dictador o de madre opresiva que viene a ser más o menos lo mismo. El tema es ser el completo conductor de nuestras vidas, de nuestro ser, transformarnos en el conductor del carro y no en el carro o los burros que lo llevarían a cualquier parte si el cochero no sabe a donde ir. Indefectiblemente todos vamos a ser alimento de hermosos gusanos o pasto de las llamas: Lo importante es lo del medio.
Pero esa búsqueda de Andrew Martin el robot devenido en androide y definitivamente en ser humano de El Hombre Bicentenario es la de todos nosotros, al menos, la de aquellos que en determinado momento “Paramos el mundo” al decir de Carlos Castaneda, y nos quedamos absortos mirándonos tal vez las manos o nuestro rostro en el espejo y nos preguntamos: ¿Qué carajo es la vida?
Y uno a veces parado en el colectivo atestado de personas simples, ordinarias, mortales comunes que viven sus propias historias; se pregunta tantas cosas y mira su reflejo cansado en las ventanillas sucias tratando de dilucidar que camino tomar frente a la terrible opresión de la rutina hiriente de una ciudad que siempre será y nos ha sido extraña.   Probablemente como le dije hace muchos años a un ocasional contertulio: Lo mejor de la vida se reduce a estos escasos momentos en que uno está con quienes aprecia tomando algo y riéndose hasta que se le paraliza el estómago. Ni más ni menos.
Ambas historias. La del robot y la del ángel caído remiten quizás a esa búsqueda de la libertad a través de esa rara sensación de potenciarla a través del amor al prójimo, tener una pareja es la síntesis de encontrarse a uno mismo en el relejo de otra vida, coincidir dos existencias en un breve plazo de tiempo de una hora o cuarenta o cincuenta años parece ser una de las conquistas más bellas y difíciles de esto de estar vivos.
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