Consumo… luego: Existo

Consumo, luego: existo
Por: Darío Valle Risoto

Durante el curso de comunicación social el peor profesor que tuve fue el de Publicidad, era un veterano que nos leía todo de un cuaderno y no aceptaba sugerencias como por ejemplo ir a ver un video de avisos de televisión viejos que en su momento un servidor había conseguido. Afortunadamente en las otras materias de comunicación tuvimos tan buenos profesores y al tratar siempre sobre temas que rondaban sobre lo mismo, valga la redundancia: Comunicación Social, en materias como sociología de la comunicación o en técnicas, aprendimos lo que nos faltaba con la Publicidad.

También tuvimos a Manuel un profesor español de relaciones públicas que nos enseñó mucho más allá de su materia y una de las cosas que recuerdo fueron sus disertaciones sobre la sociedad de consumo y alguna idea que prendió en mi sobre esto del consumo cada vez más enfermizo que hoy nos toca vivir.

El tema es mucho más simple de lo que parece: nuestra necesidad de pertenencia y nuestra necesidad de asociación nos hacen tratar de pertenecer o formar parte de cierto grupo, digamos: “elegido” de aquellos que tienen ciertos objetos de consumo o acceden a determinados servicios. Esto significa que en la búsqueda absolutamente comprensible del confort, nos enredamos en una vorágine de comprar cada día más objetos que probablemente no significan necesariamente que vivamos mejor o que estemos más cómodos, amén de que nos hayan convencido de ello.

Voy a tratar de ser claro. Por ejemplo: ¿Los señores necesitamos corbata?, Realmente no, en verdad su función es más como adorno que para mantener apretado el cuello de la camisa. Bueno, digamos que si podemos comprar una corbata, dos, tres… ¿Cuál sería el límite? ¿Una para cada día de la semana? ¿O no habría límite?

Una señorita es invitada a una fiesta y se compra un vestido, a los quince días debe ir a otra fiesta, digamos: un casamiento. ¿Debe conseguir otro vestido? Probablemente si porque sería mal visto por los conocidos que lleve el mismo por ejemplo de la fiesta pasada o el mismo vestido negro que usó en el velorio del tío Luís. ¿Cuántos vestidos debería tener una joven con una vida social bastante agitada? ¿Tal vez unos treinta o cuarenta?

¿La sociedad nos obliga o realmente nosotros somos tan ignorantes o carentes de personalidad como para caer continuamente en estos rituales fabricados inteligentemente por los publicitarios y que ya forman parte del consumidor?. Los ricos cambian el auto más o menos cada dos años promedialmente, los pobres cambian el celular más o menos dos veces por año.
¿Por qué sucede esto?

Por qué el cambio es símbolo de status y el status a todos nos compete aunque tratemos de andar por fuera, hasta los anarquistas.
El otro día alguien me comenta: ¿Un anarquista con un buzo con el símbolo de Superman?
Si, ¿Por qué no si es mi súper héroe preferido desde que aprendí a caminar sobre mis dos pies?
Pero es un buzo que me mandé a pintar y no compré en yanquilandia, ni siquiera tiene la firma o el permiso de los derechos de DC- Warner. Por lo tanto es un buzo falso, mentiroso, ilegal, con menos status que uno comprado a varios dólares vía Amazon o traído por algún amigo desde el planeta Hollywood.

El mundo moderno nos hace llevar marcas, nombres, etiquetas y distintivos prácticamente todo el tiempo y a todas partes. Concientes o no, somos los cobayos de diferentes planes de ventas masivas, marketing consumidor y perennes lavados de cerebro en torno a conseguir cada día más y más cosas. 
Me contaba mi madre que hace unos cincuenta años la coca cola enviaba promotoras a los almacenes de barrio y si alguien entraba a comprar una coca cola, estas le regalaban una bandeja, un pequeño camión o algún adorno con el distintivo de la marca. Absolutamente gratis nos llevábamos un regalo que iba a servir para seguir difundiendo un producto que hoy día es uno de los que tiene mayor posicionamiento en el planeta. Fue una exitosa idea que nació a principios del siglo veinte casi de la mano de este brebaje oscuro mezclad e diferentes vegetales.

Hoy día este tipo de promociones ha mutado en juntar tapitas y con el agregado de unos pesos conseguir por ejemplo: vasos, platos, cubiertos, gorros, etc. Así que ya no nos regalan nada: Ahora nos cobran por hacerles publicidad y nos vamos muy contentos luego de hacer ese “canje” en el local más cercano.
No sucede solo con la Coca Cola por cierto, hay innumerables marcas y servicios que se sirven de esta especie de estafa a la inteligencia para que no solo sigamos consumiendo sino que seamos también los difusores de tal o cual marca.

En el supermercado estoy verdaderamente cansado de recibir cupones y/o stickers para luego comprar porquerías que realmente no me interesan o para sorteos de viajes al Caribe que nunca podría hacer por más que sean gratis. ¿Ustedes se imaginan del dinero que debería disponer para pasar una semana en el caribe escuchando cumbias y vomitando en un crucero rodeado de gente pachanguera, gorda y estúpida?

Así que trabajamos varias horas al día canjeando vida por dinero y luego lo malgastamos consumiendo muchas cosas que realmente no necesitamos. ¿O si?
Bueno, cada uno sabe hasta donde le llega su cerebro para decodificar si realmente puede vivir con una corbata o con doscientas, ir con el mismo vestido a todas las fiestas o tener varios en el vestidor.
Cuestión de personalidad: dicen algunos.