Un Atajo al suicídio

Un Atajo al suicidio
Por: Darío Valle Risoto
 
Tenía los pequeños lentes de ojos redondos empañados, se los quitó y limpió los cristales con un pañuelo bordado que le había regalado la abuela Nora hacía… siglos.
Santisteban estaba parado todo alto en el andén esperando el tren mientras la lluvia comenzaba a caer sustancialmente triste sobre todo lo imaginable, menos él refugiado bajo el techo de chapas azules. Miró al paraguas a su derecha, la mano que lo sostenía temblaba, cuando lo recogió de entre sus piernas tras limpiar los cristales.
El bigote fino, los ojos verdes, la barba “candado”, cincuenta y un años, más de veinte enseñando filosofía.
¿Para que?
 
Los rostros, con el tiempo los rostros de los alumnos se vuelven como las hojas de un árbol enorme, en un otoño de esos soleados donde el sol pasa entre las hojas nervudas y deja en el piso las sombras entreveradas de chicos y muchachas con esa juventud tan violenta y decidida. Lástima que luego se va todo a la mierda.
Tantas hojas anónimas, sin embargo algunas caen antes de tiempo.
La lluvia arreció cuando llegó el tren, se mojó un poco al entrar al vagón, era el único en subir, sin embargo el tren se mantuvo casi una eternidad y un poco más, para cumplir el horario hasta comenzar a sacudirse y tomar el camino sobre las vías empapadas. Santisteban miró las gotas viajando sobre el vidrio de la ventana enormemente sucia.
 
Tantas hojas anónimas, sin embargo algunas caen antes de tiempo.
__ Marguerite.
Dijo hablando solo, estaba solitario sentado en un vagón con olor a humedad y orines, pudo caminar más al frente y subirse a otro con gente, más concurrido, quizás humanamente cálido. Pero decidió quedarse como para expiar una culpa.
__ Marguerite.
Entonces la vio dentro de su mente pero sintió su perfume del carajo y le vio la cara delicada, triangular, los labios finos pero sensuales, los ojos… ¡Que ojos tenía esa francesita!
 
Yolanda Fresedo lo llamó aquella tarde, ni la recordaba, otra alumna, otra hoja que se vuelve anónima entre cientos, quizás miles de estudiantes en aulas sobrepoblados de liceos públicos o de la facultad.
___ Marguerite Dumas… se mató profesor, la encontraron en la pensión, se cortó las venas, la velan esta noche en la empresa Martinelli.
Siempre tan directa, sale del anonimato. Yolanda, rubia y demente como pocas, pero una de esas pibas que alienta seguir dando clases, tanto como…
Solo le dijo que iba a ir y un gracias ahogado, lloroso, de poco hombre o de demasiado hombre, cosas de la filosofía.
 
El tren se encabrita cuando sale de la ciudad y la lluvia arrecia sobre el campo, pronto llegará a Nogales y deberá buscar su hogar, decirle a su esposa que todo tranquilo, que esa alumna era especial.
Más no podrá decirle cuanto.
 
No le importa nada haber engañado a su mujer con ella, tampoco sentirá culpa al jugar con su hija de seis años y menos al acostarse a la noche, más siempre le acompañará esa sensación de mierda de pensar en que pudo hacer algo, impedirlo quizás.
¿Cómo se evita que un pájaro se precipite desde el aire?, ¿Cómo se evita que una de las hojas más importantes de ese árbol se descuelgue aún demasiado verde para dejar el cobijo de la salvia?
 
Habían tenido tremenda clase sobre el “existencialismo”: Jean Paul Sartre saltó entonces desde el asiento de Marguerite y los inundó de esencia de vida. Ella hablaba como si fuera en si misma la forma visible del amor a la vida, Marguerite hablaba y todos se enamoraban de ella, hasta las compañeras más calladas como Natividad o Alicia.
__ Bueno, veo que con este tema no soy tan necesario.
__ Perdóneme profesor, me dejé llevar por mi apasionamiento. __Dijo haciendo un mohín de vergüenza.
__ No señorita Dumas, el agradecido soy yo, en estos tiempos pocas veces se dan en clases debates tan interesantes como estos. __ Todos se rieron porque Santisteban en su delgada apostura se acercó a ella, le tomó una de sus manos blancas y se la besó como si fuera un perfecto caballero inglés.
 
__ ¿Usted cree en el amor? __Le preguntó al día siguiente en el patio del instituto.
__ Creo en Schopenhauer, la cerveza y las mujeres bonitas. __Le contestó mientras ella lo miraba como si quisiera penetrarlo a través de sus ojos usando los suyos.
__ Tu mirada me podría hacer sonrojar, si no fuera menos viejo.
__ Usted me ha gustado desde su primera clase y no solamente como profesor, he pensado en acostarme con usted.
Santisteban se había quedado congelado mientras algunos pibes corrían y gritaban entre ellos. Recordándolo sonrió sentado y mojado en el vagón del tren. Era como revivirla.
Y por supuesto que se acostó con Marguerite.
 
__ ¿Esto se parece a la libertad? ¿No le parece?
Le había dicho ella totalmente desnuda jugando con sus bellos del pecho mientras cruzaba sus perfectas piernas blancas como la porcelana entre las suyas. Emilio Santisteban sintió un estremecimiento y una nueva erección que le dio vergüenza. Había vuelto a tener veinte años en una tarde.
__ La libertad es un concepto abstracto, vos no lo sos, para nada.
Cuando la tuteó se dio cuenta que lo hacía por primera vez luego de haber hecho el amor con ella por un espacio de tiempo indefinible entre el resquicio de la eternidad y el aliento de una tarde cálida de Abril.
Lo hicieron de nuevo y el profesor se tuvo que ir pero sintió que dejaba algo en ese cuarto de pensión donde vivía esa joven francesa y alocada.
 
__ Algo mío quedó allí, no me cabe duda. __Dijo en voz baja retornando al presente en el vagón que se contoneaba ya cuando faltaban pocos kilómetros para llegar al hogar, a su mujer, a su querida hija.
Algo suyo quedó allí, algo que no pudo evitar que Marguerite se abra las venas.
__ ¡La reputa madre que lo parió! __ Gritó solo en el vagón y el paraguas se le calló al piso de madera del vehículo y tuvo que buscar de nuevo el pañuelo para secarse las lágrimas.
Cuando llegó el tren a su estación la lluvia no daba cuartel, abrió el paraguas negro y caminó las dos cuadras hasta el chalecito con sus luces prendidas que lo esperaba.
__ Hola mi amor.
__ Beatriz.
__ Como estuvo.
__ Triste como todos los velorios, el entierro fue una mierda, lo habitual. ¿Me haces un té?
__ Ya mismo.
 
Ella caminó hasta la cocina, Norita jugaba junto a la estufa a leña con su oso de peluche, le daba instrucciones para que se porte bien y que no se haga pichí sobre la alfombra.
__ ¡Papá!
Su rostro sigue iluminando al mundo, ella pronto será la hoja del árbol de algún maestro o profesor dentro de unos veloces quince o veinte años.
La levantó, la abrazó calentita con su saco mojado, ella estornudó y tuvo que dejarla en el piso, volvió con Francisco su oso de ojos impávidos y cuerpo marrón claro.
Beatriz trajo té para los dos, se sentó frente a Emilio Santisteban que comenzó a llorar lentamente hasta que ella tuvo que abrazarlo.
__ Te impactó, se nota que era una chica especial, debió tener alguna razón para dejarnos de un modo tan cruel.
 
A Santisteban le pareció raro que ella dijera “dejarnos” pero entendió que su esposa hacía suyos sus momentos de felicidad tanto como los tristes. Tampoco sintió culpa por haber, digamos… fornicado con la finada.
__ Siempre fuimos un matrimonio de cabeza abierta Beatriz, hay algo que me gustaría decirte pero tengo miedo a que todo se hunda. __Le dijo llorando.
__ No es necesario que me digas nada, solamente desahogate, te amo.
Santisteban sintió entonces una enorme e insoportable culpa.
 
FIN.
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