Un Puente al suicidio

Un Puente al suicidio
Por: Darío Valle Risoto

Su muerte dejó destrozado al grupo. La noticia nos transformó de ser un hato de delincuentes simpáticos, en jóvenes llenos de vida y ganas de jodernos al mundo en varias sombras tristes que balbuceaban ideas descabelladas sobre la razón del suicidio de Marguerite.

Ni siquiera había dejado una carta, ni había terminado una de sus pinturas y se había cortado las venas, sentada en la cama tal vez mirando ese cuadro inconcluso contra la cálida luminosidad del sol del otoño que entraba por la ventana de la pensión.
Éramos jóvenes más no tan inmaduros como para irrespetar su decisión, a fin de cuentas como había dicho Leandro luego de que estuvimos todos callados como una hora en ese bar a media cuadra del salón de servicios fúnebres: __ Fue su decisión y listo.
Pedro cerró los puños sobre la mesa y Alicia siguió llorando, parecía tener todas las lágrimas del mundo en esos ojos enormes y celestes como dos planetas. Yo me levanté  y salí a fumar, saqué la pipa del saco y lentamente le puse el tabaco con gusto a chocolate y whisky, entonces recordé que Marguerite sentía especial atracción por el aroma que se levantaba a mí alrededor cuando yo fumaba en sus cercanías.
Al rato volvimos al salón en silencio como si fuéramos fantasmas.

Éramos tres hombres y tres mujeres que coincidíamos en la facultad e inmediatamente todos nos centrábamos en la única extranjera: Marguerite de Nancy provincia o condado de Francia. ¿A quien le importan los detalles?
Hablaba mejor español que Pedro que venía de treinta y tres y era más bruto cada día, para colmo viajaba seguido a sus pagos para ver a sus viejos, cierta vez la llevó y todos extrañamos a esa delgada francesa y odiamos a Pedro por tener esa chacra llamada originalmente: “La Chacrita” cerca del río Olimar y arrebatárnosla por una semana.

Volvió encantada y aterrada a partes iguales, era demasiado delicada para pisar terrones o escuchar a las vacas cerca de su habitación. Todos nos reímos de sus anécdotas mientras Pedro ya se había enamorado como un orangután de la piba.

Pero Marguerite ahora estaba tiesa en un cajón marrón oscuro con esas cruces de bronce al pedo que le pedimos que quiten porque era atea hasta la médula, en eso éramos iguales ella y yo, también en otras cosas.
Cuando Alicia paró de llorar un poco Yolanda le dijo que ya no le quedaban pañuelos y me pidió salir de nuevo a comprar algunos, cuando afuera ya caía la noche comprendimos que nada iba a volver a ser como antes, que había terminado un ciclo.
__ ¿Vos también?
__ ¿Yo también? ¿Qué? __ No entendí su pregunta mientras entrábamos a un quiosco a por los venditos pañuelos. Compró cigarros para ella y me preguntó si traía fuego, le dije que sí y afuera de nuevo volví a reiterarle mi pregunta.
__ Si vos también estabas enamorado de la francesa.
“La Francesa”, Yolanda era la única que se refería así a ella, siempre pensé que era una suerte de envidia porque ya no era la más interesante del grupo o porque de alguna manera también hubiera querido ser una europea fina y no una argentina groncha como le decía Alicia cuando se peleaban jugando.

Nos apoyamos en un muro cerca de la empresa, la luz de un farol estiraba nuestras sombras sobre la calle empedrada, le pasé los fósforos y saqué mi pipa.
__ Pareces un viejo.
__ Siempre me decís lo mismo cuando saco la pipa, en cuanto a tu pregunta, no se que contestarte, ella siempre me gustó… me gustaba, pero no tuvimos mucho trato.
__ A mi no me mientas, recuerdo la noche que fuimos al cine, llovió y la llevaste en taxi para tu casa.
Me dejó realmente helado con la confesión porque creía que ese era nuestro secreto.

Resulta que habíamos ido los seis al cine y antes que terminara la película, creo que era una de un director Iraní en cinemateca, me pidió salir porque se sentía mal.
Pensé que iba al baño a lavarse la cara pero salió rumbo a la calle, llamó un taxi. Llovía. Y me dijo si podía quedarse en casa.

En menos de una hora de la oscura sala del cine pasamos a estar los dos desnudos haciéndolo sobre mi cama desarreglada con olor a transpiración y tabaco. Marguerite era una mujer realmente bella como pocas y en su delicadeza me conmovió hasta hacerme flaquear el corazón. Me levanté a la mañana y se había ido, me dejó una sonrisa pintada con pasta de dientes en el espejo del baño.
Nunca se lo contamos al grupo y tampoco creo que ella sabía porqué, pero nuestros encuentros se hicieron bastante regulares.

__ Yo dormí en el sofá. __Le dije bastante molesto por meterse donde no la llaman.
__ Sos un caballero. __Dijo apagando el cigarro antes del volver al salón velatorio.
Éramos solo los cinco, algunos compañeros del curso habían pasado temprano a saludar como para cumplir pero al rato se iban, el profesor Santisteban llegó casi a la medianoche y tomó café con nosotros. Profesor de filosofía.
__ En este momento no se me ocurre nada, muchachos, lo siento.
Dejó la taza y se retiró no sin antes ir hasta el féretro y mirarla con ojos vidriosos.

Pedro se derrumbó en uno de los sillones y lo vimos llorar como un niño, Leandro por un lado y yo por el otro lo tratamos de apaciguar. Yolanda miró a Alicia y le dio otro pañuelo.
__ Yo le pedí para casarnos y me dijo que no.
__ ¿Qué?
Pregunta a coro porque el canario parecía tener guardada en el pecho una historia que no sabíamos si queríamos escuchar.
__ Era virgen, lo hicimos en la chacrita, aquella vez en el verano, ella era muy dulce pero me di cuenta que la cagué muchachos. ¿Ustedes me entienden?
Me dieron ganas de pararme y pegarle una patada en la cabeza, salí a la cocina y puse más café en la cafetera que ya habíamos vaciado, eran las tres de la mañana, el entierro sería a las diez así que quedaba una eternidad.

Yolanda entró con esa maldita cara de mujer inteligente que lo sabe todo para colmo siempre con esos chalecos y sus cabellos rubios como el trigo del verano. Me pidió que le sirva un café bien grande.
__ Falta un momento, no es una máquina atómica.
__ Estas caliente y con ganas de romperle el culo al canario, yo te entiendo, lo peor es que también Leandro debe estar así.
No se como explicarlo pero sentí que me quedaba lívido porque temía otro maldito secreto de mierda.
__ Siempre fuiste medio ingenuo Martín. Marguerite era tremenda mina pero le gustaba coger, se acostó con todos, hasta con Alicia. ¿Por qué te crees que llora tanto?, Menos conmigo que no me gustan los tajos, se los fifó a todos y el canario se fumo el verso de la virginidad, en una de esas estaba menstruando.

__ ¿Así porteña que ahora la tengo que extrañar menos porque era mas puta que las gallinas?
__ Sos un machista hijo de puta, si hubiera sido un tipo estaríamos festejando que no dejó un culo sano, ustedes los hombres a veces me dan asco.
Le alcancé su café, no me aceptó el azúcar.
__ la vi un par de veces salir con Leandro pero nunca le hice preguntas, tal vez por eso salía más conmigo… yo que mierda se.
__ Todo se reduce a que era tremenda mina y hace unos días se cortó las venas la muy pendeja…solo eso.
Miré a Yolanda, la porteña estaba de verdad triste, realmente triste, con una tristeza diferente a la de todos los demás que a quizás mezquinamente extrañábamos su sexo, su dulzura en la cama, su desnudez, su francesa forma de hacerlo todo. La tristeza de Yolanda era genuina.

Volvimos a la sala, dentro de pocas horas iría debajo de la tierra fría y hostil una mujer de verdad, delgada, inteligente, realmente inteligente y discreta para saber darle al amor la dosis exacta. El resto éramos unos idiotas.
FIN

La Ciudad, Los Dientes

La ciudad, los dientes
Por: Darío Valle Risoto

La ciudad hoy mostró sus dientes
Robándole a un viejo sus mandados
Golpes intrusos de inoportunidad
Baboso delincuente digno de muerte.

Elucubrando políticas humanitarias
Vamos entre fachos y blanditos
Omitiendo que hay gran necesidad
De gente considerada y de corazón.

Todos damos vuelta el cuello
Y la sangre corre entre nuestros ojos
Mirando como la delincuencia
Crece desde el insulto al disparo
Y se violan nuestros derechos
Los que consideramos…humanos.

Mano propia no es la solución
Todos lo sabemos pero peor es nada
Esa nada acongojada y cobarde
De madres sin hijos y padres derrotados.

Robarle a un obrero o a un jubilado
No tiene nada de revolución…
Es solo el acto fascista de un insecto
Que fabricamos entre todos
Con políticas de consumo
Y filosofías de leyes burguesas.

Cine Arte en Buenos Aires

Inauguramos el Cine Club que traerá las mejores obras de toda la historia del séptimo arte.
Comenzamos con AMARCORD, la más exquisita obra de Federico Fellini, donde sus recuerdos de joven, fluyen tras la “malinconia” tierna y chispeante de toda Italia.
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A Woody Allen, el gran admirador de Ingmar Bergman, le preguntaron:
— ¿Cuál es para usted la mejor película de la historia del cine?
Sin dudar un minuto dijo:
— ¡ Amarcord ! Y no me pregunten por qué, porque no lo sé. Fellini es un mago. Yo nunca podría realizar semejante maravilla.
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Invitamos a brindar por el nacimiento con pochoclo y Malbec.

CINE  ARTE  “AMARCORD”

Av. San Martín 1565 – Vicente López – (a 1/2 cuadra de Av. Maipú al 1600)
Sábado 26, a las 19 hs.
Consultas: 4761-7877

Alberto Miguez . Juan Disante

Apología del Piropo por Marcelo Marchese

Apología del piropo en su agonía, Marcelo Marchese

“Bendita sea la madre que parió a los obreros que aplanaron el pavimento por el que pasas ¡Monumento!”
(Apología del piropo en su agonía)
Marcelo Marchese
Toda reglamentación perversa se funda siempre en algún saludable propósito. Tal es la dinámica de un mundo que progresivamente norma nuestras vidas a través de leyes, campañas propagandísticas terroristas y “días” y “semanas” contra esto y aquello. En su “Breve diccionario para tiempos estúpidos”, Sandino Nuñez, recostándose en “La verdad y las formas jurídicas” de Foucault, dice acertadamente que estas intervenciones reglamentarias se apoyan en “formas imaginarias de la disciplina jurídica destinadas a conducir la violencia por andariveles legales pragmáticos. Algo así como una administración legal de la venganza”.
Acabamos de vivir la Semana contra el acoso callejero y su secuela, la inevitable proscripción del piropo. Para no ser aún más incomprendidos de lo que inevitablemente seremos, decimos que nos oponemos a aquellos que no permiten que una mujer transite por la calle con normalidad, pero pensamos que las leyes que buscan evitar este acoso, como ya se han dictado en los países más adelantados, no alcanzarán su eventual propósito y sólo lograrán que aquella pulsión estalle inevitablemente por otro sitio. Luego de aseverar el carácter contraproducente de esta inminente legislación (1), debemos decir que el acoso callejero, es decir, las insistentes groserías de un hombre dichas a una mujer, nada tienen que ver con el piropo, y una definición del piropo que incluye las groserías es un delirio resultante de un pensamiento homogeneizante que proscribe los matices y las sutilezas.
La grosería delata la impotencia de un hombre que no puede vivir aquello que desea y cuya fuerza se manifiesta en palabras, dichas tanto para el objeto imposible de su deseo, para el resto de la manada, como para afirmar su propia y enclenque masculinidad. La grosería no busca seducir y si la receptora de la invectiva diera vuelta sus pasos para convertir en hechos las palabras, el acosador huiría espantado, encontrando terreno propicio el sabio proverbio: Perro que ladra, no muerde. Aquí se manifiesta una sociedad castrada que a su vez reproduce la castración.