Periodismo: Censura y Libertad de expresión

Periodismo: Censura y Libertad de expresión
Por: Darío Valle Risoto
Técnico en Comunicación Social.

No es la primera vez que al colgar un artículo, en este caso ni siquiera mío, en que critican a un conocido periodista uruguayo, aparecen defensores de esta persona y detractan mis puntos de vista en los comentarios subsiguientes.
Más allá de mis opiniones personales, como comunicador me parece interesante que haya gente con la capacidad de crítica tan acotada como para tirarse contra un servidor pero que carece de la capacidad de analizar el artículo en si mismo y mucho menos tratar de comprenderlo.
Es indudable que la amplia exposición en los medios cubre a los susodichos comunicadores de cierta y peligrosa aura de invulnerabilidad, ni hablar de que también frente a los ámbitos judiciales si se dan los casos, estos tienen el privilegio de sortearse ciertas leyes y derechos solamente porque cuentan con grandes parcelas de público.
La libertad de prensa es necesaria y nos brinda las garantías necesarias frente a la información pero en manos inescrupulosas puede ser una herramienta de manipulación muy jodida y para eso están los códigos de ética periodística, que más allá de que se vienen escribiendo y reformulando, casi contínuamente se me ocurre que no deben estar muy lejos de aquellos códigos como seres íntegros que nos ayudan a permanecer honestos en contra de los mercachifles de la propaganda y los santos de la frivolidad más cachonda.
Lo mismo desde luego pasa por determinadas pautas publicitarias que deberían respetarse, mínimas formas de permanecer transparentes y lejos de la manipulación cretina de los últimos años. Porque una cosa es creatividad al servicio de la publicidad y otra la lisa y yana tomadura de pelo a los presuntos consumidores.

Cuando un periodista en medio de una noticia de sangre y crimen me desliza la promoción de una tarjeta bancaria para comprar pañales desechadles con un 30% de descuento yo cambio de estación tanto en la radio como en la televisión porque no es un tipo serio, me está insultando a distancia.

El dinero mueve al mundo y la noticia es otro producto que como muñecas Mamusckas se mete dentro de otro producto de venta o servicio y este dentro de otro y otro. Hay periodistas que saben darle un lugar a cada cosa y hay prostitutos que le rezan a san dinero y ya no les importa nada.
Cuando en mi país se le otorgan premios a programas periodísticos que en realidad son magazines con cómicos, recetas de cocina, criminalización de la pobreza, historias mal narradas sobre la mitología o anécdotas de boliche, resulta fácilmente descalificador para este tipo de premios el simple hecho de regalarle una estatuilla a un tipo que en realidad no es periodista sino un animador de farándula barata que hace las veces de investigador sobre casos de corrupción.
Pero: ¿Acaso no se vuelve poco confiable una noticia cuando nos la narra una persona que no es más que un payaso?
El tiempo presente ha decantado en una suerte de gran kermés en los medios de comunicación, donde es posible encontrarlo todo “Como en botica” y la Biblia y el Calefón gozan de inusitada buena salud.
Pero frente a todo esto nunca tuvimos tantas y variadas opciones de comunicación como hoy día, sin embargo la masa anónima sigue apostando a ciertas figuras con una falta de sentido crítico realmente preocupante, el líder de opinión salvaguardado por los índices de audiencia lejos de sentirse responsable sobre los resultados de su trabajo usa y abusa del sentido idiota de la vida porque hoy día la vulgaridad se puso de moda.
Nosotros le damos razón de ser a los programas por escucharlos, por verlos, pero estos a su vez deberían intentar formarnos de mejor manera como individuos. Esto hoy día suena descabellado porque todo se ha vuelto entretenimiento hasta la noticia más terrible, la vejación, la muerte, la pérdida de ideales. Todo se vuelve caldo de cultivo para vendernos algo a cambio de nuestro tiempo, de nuestro uso de la cabeza.

Por lo tanto creo que si es necesaria la autocensura, ese planteamiento hacia el interior de los comunicadores donde se establezca el diálogo interno profesional y lo más objetivo posible sobre aquello que le servimos a la gente y así tratar de alejarnos de la facilidad con que se disfrazan hechos como si fuéramos a vestirlos para el carnaval.

De nosotros depende comenzar a pararnos frente a los medios y decirnos a nosotros mismos: ¿Cómo me tratan?, ¿Me están insultando la inteligencia?, ¿Esto realmente me interesa?
Por ahora los aparatos electrónicos permiten ser apagados, aprovechen porque no faltará el día en que estemos obligados como receptores de estas mierdas las veinticuatro horas.

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