Sobre el uso de moviles en el colectivo

Celuleame que estoy viajando
Por: Darío Valle Risoto

No me ofendería que ustedes piensen que soy una especie de viejo dinosaurio lleno de prejuicios o cosas raras por el estilo, pero últimamente viajar en el colectivo se ha transformado en una especie de tour de los horrores para quién les habla.
Tomemos en cuenta que las gentes pobres viajamos a nuestros trabajos o de regreso en esas maravillosas formas cúbicas sobre ruedas donde a horas pico se las rellena con gentes de formas y colores que nuestras imaginaciones más fértiles no podrían siquiera imaginar. Me refiero a los colectivos, llamados maliciosamente: “Ómnibus” en este país.
Largo sería enumerar las diversas situaciones que hacen que un servidor piense muy a menudo en comprarse una motosierra de bolsillo y disponer concienzudamente a decapitar, trozar y/o seccionar cada uno de estos pasajeros no como ataque enfermizo sino para ver si de verdad estamos ante una invasión de  gente absolutamente vacía.
Podría contarles que hubo una lejana época donde algunas personas podían tener la sana opción de “Dormir” mientras viajaban o quizás ir más allá y leer mientras estos maravillosos artilugios recorrían una ciudad cada vez más inhóspita. Hoy resulta casi producto de una enfermiza imaginación creerlo.
A los músicos itinerantes que desgranan a los gritos todo tipo de conciertos bizarros, los vendedores que te dejan toda suerte de porquerías en la falda aunque les digas: “No, gracias”  y los chóferes fascistas que escuchan maravillosos programas como “Malos pensamientos” o la cabalgata tropical de turno, ni que decir de “Radio Mickey” con esa conductora que habla como si sufriera un eterno orgasmo, debemos ahora contar con esta reciente e imparable hola de los teléfonos celulares.
Provengo como algunos dinosaurios de una época donde ser educados era motivo de cierto orgullo y parte importante de esta educación era el ser sumamente discretos. Por lo tanto cuando la mayoría de mí casi una hora de viaje en el colectivo debo ser involuntario testigo de conversaciones por medio de estos artilugios a más o menos sesenta centímetros de mis orejas creo que tengo el mínimo derecho a molestarme.
Supongo que harán uso de esas opciones para hablar “gratis” lo que da la posibilidad de tener conversaciones absolutamente al pedo, si se me permite la palabra, a un volumen considerable con el interlocutor de turno y varias personas a su alrededor que supongo como a mi les importa un verdadero pito enterarse de la vida del anónimo de turno.
En mi caso raramente contesto el celular si voy en el colectivo y lamento si se trata de un amigo que está colgando de un precipicio o me acabo de ganar el loto de Timbuktu y un tal Gupta me lo quiere notificar. Me es muy molesto ponerme a hablar por el celular rodeado de gente, incluso en la calle suelo pararme a contestarlo porque ni siquiera me agrada caminar mientras hablo. Por eso de los que tenemos algunos de tratar de hacer una cosa por vez y de la mejor forma posible.
Como los oídos no tienen párpados y aunque voy escuchando música con mis auriculares he sido testigo de conversaciones de amor al mejor estilo Arjona, de consejos inútiles para cuidar a sus mascotas, de análisis futboleros de todo tipo y camiseta y también de sublimes derroteros por medio de todo tipo de enfermedades, pestes y contagios que pondrían a Stephen King al borde del ataque de terror.
La gente habla y habla sin dejar de echar esas especies de miraditas a su alrededor tipo: “Si, tengo una vida y hay gente que conversa conmigo” con cierta soberbia sobre los que prestamente se ponen a mirar sus propios teléfonos “inteligentes” para cotejar Fachobook o para llamar a quién sea lo que coopera para que este servidor esté al borde del asesinato masivo.
La gente está muy enferma a costa de esos adminículos que son excepcionalmente útiles en situaciones donde es necesario comunicarse con alguien a distancia con la libertad de no depender de aquellos seres en extinción llamados “Cables”. 
Aún así creo firmemente que estamos muy cerca del día en que dejaremos de hablarnos a la cara y nos llamaremos aunque estemos sentados a los lados de una mesa, ya que así tendremos la feliz oportunidad de usar nuestros “Smart phones” en vez de verle las expresiones a las personas vivas en frente nuestro.
Para terminar les pido disculpas por estas apreciaciones de alguien que todavía pretende ser discreto con su vida en lo colectivo y siente una compulsión al anonimato rayana en la invisibilidad.