Karoshi: Exceso de Trabajo en Japón

Karoshi
Fuente: Kirai
Karōshi (Demasiado, labor, muerte) es una palabra que significa “muerte causada por un exceso de trabajo”. Una palabra que solo existe en japonés, aunque está empezando a ser exportada a otros países como Corea donde está surgiendo el mismo problema.
Después de la guerra Japón se recuperó rápidamente y se convirtió en la segunda economía del mundo en menos de tres décadas, son muchas las razones que ayudaron a Japón a salir del hoyo tan rápidamente, una de ellas es el tremendo esfuerzo que hicieron los japoneses trabajando al máximo para salir de la pobreza. A finales de los años 60 jornadas laborales de 12 o más horas eran de lo más normal. En el año 1969 se dio el primer caso de “karoshi”, un trabajador de menos de 30 años que murió de repente como consecuencia de un infarto cerebral después de llevar más de 40 días seguidos trabajando sin apenas descansar.
El problema se acentuó durante el segundo ciclo de crecimento en los años 80 cuando ejecutivos trabajando bajo mucho estrés empezaron a morir de forma imprevista y brusca en sus puestos de trabajo. Hoy en día el ministerio de trabajo hace públicas estadísticas de muertes por “karoshi”. Durante los últimos años la media está en 1.000 muertes por “karoshi” (muerte imprevista por exceso de trabajo) y el total de muertes por causas relacionadas con el estrés/exceso de trabajo se eleva a 10.000 al año. Aproximadamente una tercera parte del número de suicidios anuales en Japón.
Un amigo me cuenta como hace cinco años un empleado de su empresa murió de Karoshi, se lo encontraron un día “durmiendo” en su puesto de trabajo pero al ver que pasaban las horas y no se despertaba sospecharon lo peor. Había muerto de ataque al corazón y tenía tan solo 27 años.
Leyendo la web de “El consejo de defensa a las víctimas de Karoshi” he encontrado ejemplos de casos bastante aterradores.
    La señora Yoshida, murió con 22 años después de trabajar durante 34 horas consecutivas como enfermera en un hospital.
    El señor Miyazaki, murió después de trabajar durante 4320 horas durante su último año de vida.
   El señor Yagi, trabajaba 70 horas a la semana y gastaba tres horas y media cada día en el tren para ir y volver del trabajo, murió a los 43 años. En su diario personal escribió “Al menos los esclavos tenían tiempo para comer con sus famílias.
Aunque muchos no lleguen a morir, la cantidad de gente estresada o que llega a sufrir enfermedades mentales es muy elevada. Un caso reciente y conocido por todo el mundo es de la reciente retirada del primer ministro Abe que nada más dejar el puesto fue ingresado en un hospital para ser tratado. La verdad, es que entiendo perfectamente el estrés de Abe, que quiso cambiar demasiadas cosas a la vez y los conservadores más radicales, los burócratas y el lado oscuro de Japón pudieron con él.
 
Otro dato, según una encuesta del ministerio de trabajo el 66% de los buchos (Jefes de departamento) creen que podrían morir en cualquier momento por exceso de trabajo. ¡Ya sabéis, no trabajéis demasiado que puede ser fatal!
Como fuente de datos y estadísticas he utilizado este excelente artículo.

El Diablo y el Relojero

El Diablo y el Relojero
Autor: Daniel Defoe
 

Viva en la parroquia de St. Bennet Funk, cerca del Royal Exchange, una honesta y pobre viuda quien, después de morir su marido, tomó huéspedes en su casa. Es decir, dejó libres algunas de sus habitaciones para aliviar su renta. Entre otros, cedió su buhardilla a un artesano que hacía engranajes para relojes y que trabajaba para aquellos comerciantes que vendían dichos instrumentos, según es costumbre en esta actividad.
 
Sucedió que un hombre y una mujer fueron a hablar con este fabricante de engranajes por algún asunto relacionado con su trabajo. Y cuando estaban cerca de los últimos escalones, por la puerta completamente abierta del altillo donde trabajaba, vieron que el hombre (relojero o artesano de engranajes) se había colgado de una viga que sobresalía más baja que el techo o cielorraso. Atónita por lo que veía, la mujer se detuvo y gritó al hombre, que estaba detrás de ella en la escalera, que corriera arriba y bajara al pobre desdichado.
 
En ese mismo momento, desde otra parte de la habitación, que no podía verse desde las escaleras, corrió velozmente otro hombre que Ilevaba un escabel en sus manos. Éste, con cara de estar en un grandísimo apuro, lo colocó debajo del desventurado que estaba colgado y, subiéndose rápidamente, sacó un cuchillo del bolsillo y sosteniendo el cuerpo del ahorcado con una mano, hizo señas con la cabeza a la mujer y al hombre que venía detrás, como queriendo detenerlos para que no entraran; al mismo tiempo mostraba el cuchillo en la otra, como si estuviera por cortar la soga para soltarlo.
 
Ante esto la mujer se detuvo un momento, pero el hombre que estaba parado en el banquillo continuaba con la mano y el cuchillo tocando el nudo, pero no lo cortaba. Por esta razón la mujer gritó de nuevo a su acompañante y le dijo:
 
-¡Sube y ayuda al hombre!
 
Suponía que algo impedía su acción.
 
Pero el que estaba subido al banquillo nuevamente les hizo señas de que se quedaran quietos y no entraran, como diciendo: «Lo haré inmediatamente».
 
Entonces dio dos golpes con el cuchillo, como si cortara la cuerda, y después se detuvo nuevamente. El desconocido seguía colgado y muriéndose en consecuencia. Ante la repetición del hecho, la mujer de la escalera le gritó:
 
-¿Que pasa? ¿Por qué no bajáis al pobre hombre?
 
Y el acompañante que la seguía, habiéndosele acabado la paciencia, la empujó y le dijo:
 
-Déjame pasar. Te aseguro que yo lo haré -y con estas palabras llegó arriba y a la habitación donde estaban los extraños.
 
Pero cuando llegó allí ¡cielos! el pobre relojero estaba colgado, pero no el hombre con el cuchillo, ni el banquito, ni ninguna otra cosa o ser que pudiera ser vista a oída. Todo había sido un engaño, urdido por criaturas espectrales enviadas sin duda para dejar que el pobre desventurado se ahorcara y expirara.
 
El visitante estaba tan aterrorizado y sorprendido que, a pesar de todo el coraje que antes había demostrado, cayó redondo en el suelo como muerto. Y la mujer, al fin, para bajar al hombre, tuvo que cortar la soga con unas tijeras, lo cual le dio gran trabajo.
 
Como no me cabe duda de la verdad de esta historia que me fue contada por personas de cuya honestidad me fío, creo que no me dará trabajo convenceros de quién debía de ser el hombre del banquito: fue el diablo, que se situó allí con el objeto de terminar el asesinato del hombre a quien, según su costumbre, había tentado antes y convencido para que fuera su propio verdugo. Además, este crimen corresponde tan bien con la naturaleza del demonio y sus ocupaciones, que yo no lo puedo cuestionar. Ni puedo creer que estemos equivocados al cargar al diablo con tal acción.
 
Nota: No puedo tener certeza sobre el final de la historia; es decir, si bajaron al relojero lo suficientemente rápido como para recobrarse o si el diablo ejecutó sus propósitos y mantuvo aparte al hombre y a la mujer hasta que fue demasiado tarde. Pero sea lo que fuera, es seguro que él se esforzó demoníacamente y permaneció hasta que fue obligado a marcharse.