Lo que se dice y lo que se es

Lengua, cultura, sociedad
Lo que se dice y lo que se es
Por Álvaro Ojeda
Suplemento Cultural El Pais Uruguay
27 Julio 2012
Cuatro enunciados describen y limitan el conjunto de ensayos de Peter Burke -profesor de historia cultural de la Universidad de Cambridge- Hablar y callar, en su intento de aproximación a una posible historia social del lenguaje. El tercero de los enunciados parece escrito a propósito para los uruguayos contemporáneos: “La lengua refleja (o mejor dicho se hace eco de) la sociedad. En primer lugar, el acento, el vocabulario y el estilo general del habla de un individuo revelan a cualquiera que tenga el oído entrenado mucho sobre la posición que ocupa ese individuo en la sociedad.”
Cuando se escucha a ciertos cronistas deportivos vociferar como fundamentalistas medievales durante supuestas polémicas televisivas, el oyente, a la luz del enunciado de marras, no puede sino suponer que algo relacionado con las barras bravas se ha apoderado del sistema nervioso de aquellos que deberían reflexionar sin pisarse unos a otros, sin maltratarse de manera real o fingida para conseguir mejor audiencia dominguera. El fenómeno se agrava cuando el propio Presidente de la República asume una postura similar y se hace eco de algunas prácticas lingüísticas que la sociedad reconocía, hasta hace poco tiempo, dignas de ámbitos en donde el respeto por el lenguaje escaseaba y se confundía habla popular con ordinariez.
A renglón seguido Burke agrega: “las formas lingüísticas, sus variaciones y cambios, algo nos dicen sobre la naturaleza de la totalidad de las relaciones sociales en una determinada cultura.” Habría que descubrir qué modelo de sociedad subyace debajo de tanto palabrerío desbordado, cuánto de uso franco, natural de una lengua y cuánto de cálculo interesado.
Trayectos. Los otros tres enunciados de Burke, expuestos en el ensayo titulado “La historia social del lenguaje”, no son menos inquietantes. Lo que los lingüistas llaman “lealtad a una lengua” implica que diferentes grupos sociales usan diferentes variedades de la misma lengua. El espectro es amplio y abarca desde el lenguaje de los profesionales hasta el lenguaje atinente a hombres y mujeres. También incluye el argot y la jerga, lo que en el Río de la Plata se denomina -utilizando un término autorreferencial- lunfardo. En el caso del lenguaje referido al sexo, Burke expone un ejemplo ilustre. En el acto V, escena 3 de El rey Lear de Shakespeare, un personaje exclama: “su voz era siempre dulce, susurrante y acariciadora, cualidades excelentes en una mujer.” La señora Thatcher, según asegura el autor, tomó lecciones de elocución para moderar el volumen de su voz. La frontera entre los siglos XVI y XVII resultaba acogedora y razonable para la “Dama de Hierro”.
El lingüista Alan Ross descubrió que ciertas palabras utilizadas en el inglés común correspondían a distintas clases sociales. Son las llamadas formas “U” y “no U” que reconocen en el uso de este fonema una señal de estatus social. En la forma “U” de las clases altas, espejo se denomina looking-glass, en tanto en las clases populares, se utiliza la palabra “no U” mirror. El escritor Ian McEwan recordaba que su madre se avergonzaba al hablar en público por su pronunciación no ortodoxa. La lengua integra y segrega.
Otro de los enunciados proclama que los mismos individuos emplean diferentes variedades de la lengua. La literatura acude otra vez en ayuda de Burke. “Algunos novelistas del siglo XIX, como Thomas Hardy por ejemplo, se daban cuenta de la existencia de diferentes registros. Se nos dice que la heroína de Tess of the d`Urbervilles (1891) hablaba dos lenguas, en otras palabras el dialecto de Dorset en su casa y alrededores y el inglés corriente cuando lo hacía con personas de condición superior.” Carlos V, emperador políglota, decía que el francés era el lenguaje para los embajadores y para las lisonjas, el italiano resultaba ideal para la amistad y el coqueteo con las damas, en tanto el español lo reservaba para hablar con Dios.
El último enunciado (la lengua modela la sociedad que la usa) podría sintetizarse en un bíblico hablar es hacer, lo que lleva la cuestión al inicio. El latín lapidario, marmóreo, forjó el imperio romano, como el francés de la Revolución Francesa con sus palabras abarcadoras -pueblo, ciudadanos, soberanía, voluntad general- incorporó a la masa olvidada, la condujo, la jerarquizó.
De dónde venimos. En el capítulo “Lengua e identidad en la Italia moderna y temprana”, el lector se encuentra con uno de los tópicos de la gestión cultural contemporánea: la definición primero, y la conservación después, de la identidad nacional. Pero no hay nada nuevo bajo el sol. La Italia fragmentada en ciudades-estado del siglo XV comenzó a plantearse el dilema de la unidad en la diversidad generando en los historiadores y lingüistas, la necesidad de ubicar a la lengua italiana como tangible elixir de la creación y preservación de una nación homogénea.
Burke se pregunta: “¿Qué es aquello que determina un vigoroso sentido de identidad? ¿Se trata siempre, o por lo menos de manera general, de una reacción, es decir, de una reacción al contacto con otras culturas y a la amenaza de perdernos en ellas?” Las fronteras parecen decisivas. Japón no tuvo contactos con Occidente hasta medidos del siglo XIX -el siglo de los nacionalismos- y sin embargo generó una lengua y un concepto de nación poderosos. En Francia durante el siglo XVI, las razones de cierta fragmentación regional provenían de la religión: los hugonotes (protestantes) basaban su identidad cultural en el repudio al catolicismo aunque se sentían franceses. Por los mismos años, la Inglaterra de Enrique VIII inventó, literalmente, su propia pertenencia lingüística. Sólo así parece explicarse el surgimiento de Thomas More, Thomas Wyatt, Marlowe o Shakespeare. No hay agentes exógenos a segregar y el cisma religioso fue, en rigor, un asunto de estado y como tal se lo procesó.

Cuando los historiadores de la lengua recurren a los mitos de cada pueblo como organizadores de su identidad, las cosas no se aclaran demasiado. Suponer que los habitantes de Padua se sienten diferentes de los de Milán porque su ciudad en teoría fue fundada por el héroe troyano Antenor, olvida lo que es esencial en este discurso mítico: la construcción lingüística y no el troyano epónimo y fundador es la argamasa de la identidad ciudadana. Desde este punto de vista, la metáfora adecuada estribaría no tanto en el verbo reflejar sino en el verbo construir. Maracaná, el gallego Lorenzo Fernández y su exótica garra charrúa, la pelota detenida en el barro durante el partido contra los húngaros en 1954, construyen más que reflejan, una identidad nacional deseada. Y lo hacen desde la lengua. El lenguaje tiene más de albañil que de Narciso.
Burke recoge a modo de corolario las observaciones sobre el vínculo entre lengua y patria que realizó durante el siglo XVIII, un rimbombante e ignoto conde italiano, de nombre rampante -Galeani Napione- envueltas en un tono de obviedad piadosa: “Las lenguas son un resultado del clima, de la índole, del natural ingenio, del carácter moral, de las artes dominantes, de los estudios, de las profesiones, de la institución política, de las diferentes naciones.” El lenguaje es elaboración, creatividad, ingenio, y debería tenerse en cuenta que su manejo ni es ingenuo ni es servil. Por el contrario, él es el amo siempre, lo que incluye a esta misma oración.

HABLAR Y CALLAR. Fundamentos sociales del lenguaje a través de la historia, de Peter Burke. Gedisa, 2001. Barcelona, 209 págs. Distribuye Océano.

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