Real Steel

Gigantes de Acero
Por: Darío Valle Risoto

Película inspirada en un relato de Richard Matheson lo que ya desde los títulos es una garantía de entretenimiento y originalidad. Hugh Jackman interpreta a un boxeador venido a menos y retirado que se reencuentra con su hijo de once años y debe reencaminar su carrera a costas de la capacidad del pibe para entrenar a un viejo robot clase 2 que fuera sparring de otros gigantes de acero utilizados en el año 2020 para luchas.
No les cuento más y aunque el guión es bastante predecible la película gana en el mérito de las perfectas actuaciones y la buena marcha de los efectos que no desentonan y son utilizados con sumo cuidado sobretodo en el tema de los claroscuros que pueblan las imágenes.  Y si bien la película puede llegar a tener cierto gustillo “Disney” en tanto el niño aparece como un pichoncito ideal de ser humano (Cosa que es mentira porque ya sabemos que los niños son bonsáis de Satanás. Cito a Darwin Desbocatti), de todas maneras me entretuvo mucho ver esta nueva aparición de Jackman a estas altura instaurado como un gran actor de películas de este estilo que creo solo superado por Will Smith en este género de cine para entretener pero que siempre apunta al nivel más alto posible.
No hay excesos de ciencia ficción, se nos muestra un mundo del 2020 muy posible y hasta podríamos notar que el de “cuento de anticipación” le viene como anillo al dedo sino pensemos en esos programas pelotillas donde la gente hace pelear máquinas de fierro dentro de una jaula manejados a control remoto. Ya existen y que poco a poco los aparatejos adquieran forma humanoide es cuestión de poco tiempo. ¿Para cuando las japonesitas cibernéticas?

 ACERO
Richard Matheson
(Así comienza el relato que inspiró esta película)
Los dos hombres salieron de la estación empujando un objeto cubierto, montado sobre ruedas. Lo llevaron a lo largo de la plataforma hasta alcanzar uno de los vagones centrales, y allí lo subieron, gruñendo, con los cuerpos empapados de sudor. Una de las ruedas cayó, rebotando sobre los escalones metálicos. La recogió un hombre que venía detrás, para entregársela al que llevaba un traje pardo arrugado.
—Gracias — dijo el hombre del traje pardo, guardando la rueda en el bolsillo lateral de la chaqueta.
Ya en el coche, ambos empujaron al objeto cubierto por el pasillo. La falta de una rueda lo hacía inclinarse hacia un lado; el hombre del traje pardo, cuyo nombre era Kelly, se veía forzado a sostenerlo con el hombro para evitar que tumbara.
Respiraba jadeando, y de vez en cuando sacaba la lengua para lamer las pequeñas gotitas de sudor que se le formaban sobre el labio superior.
Al llegar al medio, el que llevaba un traje azul arrugado volteó hacia atrás uno de los respaldos, de modo que quedaran cuatro asientos enfrentados. Después empujaron el objeto hasta colocarlo entre los asientos; Kelly metió la mano por una abertura de la funda y tanteó hasta encontrar cierto botón. El objeto se sentó pesadamente junto a la ventana.
— ¡Oh, Dios!, Oye cómo chirría — dijo Kelly.
 Lindas piernas para el papel femenino bien elegido

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