El escalofrío de ser Libres

El escalofrío de ser Libres
Por: Darío Valle Risoto

Aquel verano me corrió un frío por la espalda desde la cintura por toda la espina dorsal hasta mi cuello, erizándome los pelillos de la nuca, a eso los españoles le llaman: Repelús, si mal no recuerdo.

Es que “me calló la ficha” como decimos por Uruguay cuando no se que pensamientos uní en mi cabeza para reparar en que andaba huérfano por la vida, mis padres habían muerto con casi trece años de diferencia entre ellos y también dos personas fundamentales como mis amigos Eduardo y Juan.
Me sentí huérfano por primera vez, pocos años luego murió mi primo Sergio y al contarle esto mismo, cierto conocido me dijo que no quería ser mi amigo porque era yeta.

Pero lo años no vienen solos y van pasando los cumpleaños de quince y las fiestas para darle lugar a las ausencias, los abandonos y los entierros, de eso se trata vivir aunque la mayoría lo hagamos como si fuéramos eternos sin medir que a veces todo es tan pasajero que luego que pasa nos damos cuenta de ello.

Tampoco las compañeras me han durado demasiado aunque Julia antes de irse a España convivió conmigo casi cuatro años soportándome la soledad y mi endémico amor por permanecer en casa llueva, haga sol o sea lo que sea.
Y me reconozco bastante insociable con aquella vieja sensación que me acompañó de niño de sentirme ajeno en reuniones donde participar a veces significaba no ser yo sino transformarme en un hipócrita que finge divertirse cuando en el fondo quiere salir corriendo de allí.

Porque a menudo ser libres puede pasar por no caerles bien a aquellos semejantes que piden incondicional afiliación a sus modos de vida, diversiones y hasta tristezas. Y no iba a resucitar mi viejo una semana después de morir porque yo no riera a carcajadas de un chiste de mis compañeros en la fábrica y sin embargo un veterano se ofendió porque yo no conservaba el luto adecuado.
El tipo no tenía idea de que mi viejo debió morirse un año antes y así evitarse sufrir de un terrible y doloroso cáncer del pulmón al santo pedo.

Pero todo lo vivo muere alguna vez y hasta lo que no está vivo y solamente transcurre y por lo tanto era obligado recordar a mis particulares padres pero nunca fue impuesto y tal ves producto del azar extraño el conocer a Juan con su guitarra, su alcoholismo y su personalidad avasallante y también a Eduardo el gran anarquista y líder sindical del que nunca pude ser del todo amigo y lo lamento, porque él era de la barra Ámsterdam de Peñarol y también frecuentaba un mundo subterráneo que no me venía por el lado de sus amistades gays y salidas nocturnas.

Aprender a ser tolerante no significa reconocer que algunas cosas no van con uno y me siento orgulloso de saber muy bien lo que no quiero de mi vida, incluso defendiendo mis principios he tenido que perder relaciones, amistades y puestos profesionales.
Cierta vez Raquel una compañera de trabajo me preguntó porqué tenía una categoría más baja en lo laboral si prácticamente trabajaba en todos los puestos y bien a lo que le contesté que el ser anarquista me había costado marchar a un costado de muchas cosas en la vida pero que soy así y nada puedo hacer al respecto.

Huérfano de las cuatro personas fundamentales en mi vida: mis padres que siempre me impulsaron a tener un pensamiento independiente y una personalidad libre y mis dos amigos que me dieron rock and roll y anarquismo. ¿Qué más se puede pedir?
Pero el escalofrío a veces vuelve y entonces acaricio a Wendy mi gata negra.

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