La Guerrera de la Luna

La Guerrera de la Luna
Por: Darío Valle Risoto

Perdida en una vieja era encontré que había mujeres excepcionales de ninguna manera similares a las nuestras, siquiera porque fueran hembras humanas o porque buscaran frecuentemente el calor de los hombres, estas mujeres eran verdaderas hijas de la Luna llena que deambulaban sobreviviendo en las yermas tierras de un planeta intemporal.

La primera vez que me encontré con Irina Valesenskaya fue en aquel barranco bajo la lluvia, ella se enfrentaba a tres gigantes negros, hombres que le doblaban la estatura y sin embargo cubierta de sangre se abrió paso hasta la pared gritando en su idioma nórdico y moviendo con presteza su hacha de dos filos.
Casi me aniquila también a mi pero creo que mi extraña vestimenta la disuadió, con sus cabellos rojos como la misma sangre que la había bañado y mientras la impertérrita lluvia la limpiaba se acercó a mí y tocó la franela de mi camisa leñadora y observó mi cinto teletrasnportador con rostro curioso.
No entendía su idioma y sin embargo sus gestos fueron comprendidos por mi naturaleza masculina cuando me arrancó la ropa, creo que eso es ser violado, aunque ser hombre y aceptar esto suela parecer vergonzoso, de todas maneras ya estaba excitado cuando la veía defenderse de esos monstruos lanzando gritos y sonriendo con un raro sentido del humor.
Cuando me reponía de mi segunda eyaculación y creía que ella estaba dormida analicé la situación: No era un sueño, no estaba drogado, era raro pero aunque me superaba la realidad y sentía allí en esa cueva, donde ella me había empujado hablando en su lengua que todo era de verdad, algo estaba mal.
Irina Valesenskaya tenía la espalda cubierta de tatuajes extraños, no supe si eran ideogramas, caracteres antiguos, letras rúnicas o un poco de todo. Su cabello rojo y enmarañado le daba un marco misterioso y exótico a sus labios carnosos y sus ojos profundos y salvajes, tenía nariz aguileña algo desproporcionada y llevaba piercings en la cara.
Ella se vistió con su pequeña armadura de bruñido color bronce y miró en mi dirección, cuando creí que me iba a golpear tomó su espada que había quedado muy cerca de mi cabeza y la miró con gesto sombrío.
Cuando la levantó sobre mi cabeza lanzando un grito y a la vez uno de sus pechos de grandes aureolas y duros pezones saltó a mi vista debajo de su chaleco de malla, sentí que era mi último momento.

___ ¡Abel!, ¡Abel!
___ ¡Que mier…!
La cara de Santiago con su acné y esos lentes que le agrandan los ojos como dos platos.
___ ¿Sentiste el programa?
Entonces lo comprendí, me arranqué uno por uno los enlaces a su computadora, me quité el arnés sujetador y me senté en la camilla preparada para los viajes fractales, estaba cubierto de sudor y me temblaban las manos.
Igual me dio el tiempo para darle una trompada y partirle los lentes antes de desmayarme.

FIN

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