Crónica de una Muerte Esperada (Cuento)

Crónica de una muerte esperada
Por: Darío Valle Risoto

Eustaquio Fortunato Domínguez estiró la pata un viernes de tarde entre las cuatro y las cinco, al principio su mujer no le hizo caso a sus gritos urgentes desde la cama y cuando fue llegó apenas para verle abrir los ojos, lanzar un gemido y quedarse duro como un cacho de madera con los ojos mirando al techo del cuartucho de la calle Magallanes 1414 apartamento 3. Ella se mordió los labios y se puso a llorar porque en ese preciso instante comenzaba a ser viuda y con una mezcla de felicidad y derrota le miró la cara de bulldog al hijo de puta de su marido pensando en que comenzaba una nueva vida apenas lo entierre lo más profundo posible.
Una vecina llegó corriendo a la pieza y le puso dos monedas en los ojos para mantenerlos cerrados y apoyó su cabeza con los ruleros puestos en el pecho del difunto como para rescatar algún latido rezagado de ese fiambre que ya no rompería más las pelotas gritando desde la cama.
___¡Cagó fuego!___ Dijo doña Asunta mientras prendía un tabaco y le tocaba la cabeza a la desconsolada Mabel que intentaba disimular su algarabía porque su marido de una puta vez había palmado.
Asunta salió presurosa al patio limpiándose las manos sudorosas en el delantal y llamó al hospital más cercano para que se lleven al bastardo y luego a la funeraria y después a su marido en el taller y a un montón de gente al pedo.
Mabel lo tapó con una frazada vieja no sin antes guardarse las dos monedas en el bolsillo del pantalón, abrió el ropero y se miró el reflejo de mujer cuarentona y carcomida por un matrimonio de obligaciones, dolor y muy pocas satisfacciones.
Se levantó las tetas caídas y pensó en teñirse las malditas canas, tenía tremendas patas de gallo y se le habían afinado los labios otrora voluptuosos pero por suerte seguía teniendo firme el culo y no pocos pibes le chiflaban cuando salía a la panadería o a colgar la ropa en la azotea del convento. Fortunato seguía muerto detrás de ella y tapado por la frazada gris, lo miraba de tanto en tanto como esperando que se levante y comienza a llamarla con esa voz de perro ovejero sarnoso que tenía desde que chupaba ginebra como una esponja.
___¡Mabel, las camisas!
___¡Mabel, tráeme el diario!
___¡Mabel: vamos a coger!
Parecía que lo escuchaba, siempre había sido un bastardo prepotente, pero luego del accidente en la obra que lo había dejado inválido se había puesto peor de exigente, para colmo la tocaba todo el tiempo como para afirmar su pobre hombría de cartón.
Inesperadamente de reojo vio que la frazada se movía, era Fortunato que no estaba muerto, se sentó, escupió para el costado errándole a la escupidera y le pidió unos mates.
___Tírate para atrás y descansa. ___Le dijo ella sosteniendo un almohadón entre las manos.
Él obedeció con los ojos llorosos y su querida mujer le aplastó el almohadón con un hermoso diseño de margaritas en toda la cara, el hijo de puta comenzó a sacudirse como un poseído porque se le hacía dificultoso respirar.
___¡Morite vividor de mierda!
En ese preciso instante doña Asunta volvió, ya había llamado a la funeraria al diario barrial, al tío Horacio, al comisario y hasta a radio Monte Carlo, cuando se encontró con el cuadro de su vecina tratando de ahogar al resucitado.
Y entonces como no es cuestión de quedar pegada con medio barrio y parte de la ciudad ayudó a su buena amiga a aplastarle el almohadón grasoso en la cara hasta que definitivamente se murió de a de veras.

FIN

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